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A las cinco de la mañana

Giro a la izquierda y de nuevo a la izquierda. Ahí está el lugar donde debo esperar al cliente. Echo el freno de mano y salgo por si lleva maleta. Son las cinco de la mañana, seguro que la lleva. Nadie deja pedido un taxi a las cinco de la mañana si no va a la estación de tren, o a coger un bus o al aeropuerto.

La luz del portal se ilumina y a los pocos minutos aparece el pasajero. Me saluda somnoliento, como recién despertado, y me da un maletón para que lo guarde. Una vez entramos al coche me dice que le lleve a la estación de tren y se pone el cinturón. Yo no. Es una de las ventajas de hacer el turno de noche, que puedo ir sin cinturón y nadie va a decirme nada.

A estas horas la ciudad es otra, y sus reglas cambian. Por eso me gusta. Los clientes suelen ser más callados, y los que no, cuentan historias interesantes. Puedo recorrer las calles con total libertad, sin tráfico ni problemas con la policía: paso a ochenta por hora por delante de embajadas y consulados y nadie repara en que voy mucho más rápido de lo permitido. Mi récord está en los ciento quince por hora que me hicieron ganar la mayor propina que me han dado por una carrera.

Tuerzo por dirección prohibida si es necesario, y esquivo trampas en forma de calles en obras. La ciudad, como la vida, es un laberinto peligroso del que hay que saber zafarse para seguir adelante. Y, a según qué horas, más.

Al parar en una rotonda veo que una chica se acerca despacio. Como perro viejo en lo mío me temo lo que puede ser. Por eso, pase lo que pase, yo tengo claro mi discurso. Justo cuando el semáforo verde de los peatones empieza a parpadear se acerca al lateral de mi coche, da un par de golpecitos a la ventanilla y se me queda mirando con ojos lastimeros.

    – Me acaban de robar el móvil… —dice nada más bajar la ventanilla—. ¿Tendrías euro y medio para dejarme?

Al menos no es alguna prostituta ofreciéndose aunque lleve un cliente, pero por la noche cualquier parada no planificada es sinónimo de problemas. Veo por el rabillo del ojo que el semáforo está a punto de ponerse verde y niego con la cabeza.

    – No, lo siento.

No digo más porque no hace falta decir más. Acelero dejándola clavada en el sitio y ni el cliente ni yo decimos nada al respecto. Probablemente a él le importe incluso menos que a mí.

La última parte del trayecto es un conjunto de giros endiablados entre taxis que no tienen ninguna prisa, camiones de limpieza cañoneando las calles con agua y algún que otro héroe que sale a correr aunque hace un frío de mil demonios. Ajusto la velocidad y zigzagueo entre todos los obstáculos como si de un rally se tratase, llegando al destino en un tiempo que pocos podrían igualar.

Dejo al cliente en la parada mientras noto las miradas que me lanzan algunos compañeros que saben de mi comportamiento poco ortodoxo. Poco me importa. A las cinco de la mañana yo soy el rey.

 

Foto de portada: ©Rasor

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