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A la fuerza ahorcan

La lluvia, fina y dura como una cascada perpetua, convertía la noche madrileña en una obscena discoteca de luces desenfocadas procedentes de faros, semáforos y rótulos de tiendas. La calle estaba desierta salvo por un pequeño paraguas que cobijaba a su dueña del chaparrón, retemblando su mano aferrada al mango cada vez que un relámpago iluminaba la acera haciéndole pegar un saltito. Por fin, unos metros más adelante, Laura aparecía en el bar con el bajo de los pantalones vaqueros sucio de restos de ramitas y barro. Estaba completamente empapada.

– Espero que sea importante —espetó a modo de saludo.

– Lo es. Me han censurado.

La chica paró de desenredarse un mechón de pelo parpadeando con el ceño fruncido. Marcos llevaba un par de años trabajando como redactor, publicando distintos artículos aquí y allá, pero jamás le habían puesto ninguna pega a la hora de dar de paso sus escritos. Era extraordinariamente pulcro y muy consciente de quién le contrataba en cada ocasión, haciendo suya la máxima de «Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros.». A Laura siempre le pareció un punto de vista muy inteligente, teniendo en cuenta el mundo en el que se movía.

– Te veo muy tranquilo —terminó por decirle tras parpadear de nuevo—. ¿No te molesta ni un poco?

– Me molestó, y mucho. Por eso te llamé. Hasta que llegué a la conclusión de que era algo que tarde o temprano tenía que ocurrir. Es el precio de escribir y que te lean.

– Serena resignación.

– Estoicismo del bueno, mas bien.

El camarero se les acercó preguntando qué iban a beber, pidiendo un café descafeinado muy caliente ella y una segunda tónica él. La disparidad de la comanda pareció confundir al mesero, que se encogió de hombros negando con la cabeza.

– Otro estoico —bromeó Marcos.

– Bueno, desembucha.

La cosa empezó con un artículo que me encargaron desde una revista de antigüedades, comenzó Marcos carraspeando. Cuando hacía eso es que la cosa iba para largo. En el dichoso artículo mencioné, de pasada, a determinado personaje cuyo nombre no viene al caso, y que al parecer tiene unos descendientes muy sensibles. Lo metí por dotar de autenticidad al tema, pero parece que ya no se le puede dar a la prosa ni un poco de fantasía, que si te sales de lo que otros tienen en la cabeza ya te la has cargado. El caso es que los señores descendientes se quejaron a la revista, que a punto estuvo de retirar la publicación ante la presión de los ofendiditos. Luego vinieron a por mí, me dijeron de todo en Twitter y yo, por intentar explicarme, les dejé en bandeja que siguieran erre que erre con el asunto…

El camarero interrumpió el monólogo con el café y la tónica, concediéndole a Laura un momento para reflexionar. Por acortar la historia, siguió Marcos, te diré que ahora el editor de la revista me ha llamado diciéndome que el siguiente texto que les envié, continuación del anterior, no va a ver la luz. Que me pagan igualmente pero que no quieren polémicas, que las cosas están muy revueltas… En fin, que gracias pero no.

– Pues menudo cobarde el editor —farfulló Laura mientras vaciaba el sobrecito de azúcar en el humeante líquido marrón.

– Una miaja.

– ¿Y qué vas a hacer?

– Me van a pagar igualmente, qué quieres que te diga… A la fuerza ahorcan.

– Pero algo tendrás que decir al respecto… Si a esos señores no les gusta lo que escribes que no lo lean y punto. Coño.

A Marcos le encantaba ver a su amiga tan afectada por una situación que, en realidad, no le atañía lo más mínimo. Por eso la había llamado. Porque sabía que le iba a apoyar sin reservas.

– Mira, los que se ofenden por semejantes gilipolleces es porque tienen unas vidas tristes y vacías. Se aprovechan de la impunidad de las redes sociales y de que el tema está calentito para amenazar y coartar. Con la revista puede que lo consigan, pero conmigo van listos.

– Vamos, que te da igual.

– No podría importarme menos.

Laura miró a su amigo mientras él se llevaba a los labios su vaso rebosante de burbujas de tónica esgrimiendo la sonrisa desafiante y a la vez traviesa del niño que sabe que, después de hacer la trastada, se librará del castigo sin mayores consecuencias.

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