Cada mañana me asomo a la ventana de la cocina y los veo llegar. Hay días que son más y días que menos, pero siempre hay algún grupito que se acerca con las sonrisillas bobaliconas de los que se mueven para vivir una farsa. Porque este circo que hay montado en mi casa no deja de ser una farsa.
Cuando salgo a la calle me tengo que armar de paciencia: todos están haciéndose fotos frente a la puerta de una casa en la que no vivió su ídolo. Al girar la calle tampoco me libro de los curiosos y turistas, pues ahí está, recordándome su estupidez, la estatua que decidieron dedicar a Sherlock Holmes. Como si los vecinos de Baker Street no tuviésemos suficiente.
Voy a la peluquería y me los encuentro. A la compra y ahí están. Un rato con las amigas a jugar al bridge y otra vez una legión de idiotas esperándome fuera para que los retire a codazos de mi camino. Todos los días igual, una y otra vez.
Mi buen George no compartía mi repudio a los turistas. Qué va. George se asomaba cada mañana a la ventana de la cocina y sonreía al ver venir a las hordas de ignorantes ilusionados por un personaje de novela. A él no le importaba encontrárselos cada vez que salía de casa, a él le divertía esquivarlos y mirar sus sombreros tipo cervadora y sus pipas. Qué cosas más tontas le hacían gracia a George.
Cuando nos compramos la casa George comentó divertido que íbamos a ser vecinos de Sherlock Holmes, pero jamás pensé que nos iba a afectar tanto el dichoso detectivucho de Conan Doyle. Eran otros tiempos, claro, con gentes más civilizadas y turistas menos pánfilos. Qué vieja me hacen sentir.
Recuerdo el día en el que a mi George se le ocurrió aparecer con una gabardina larga, una cervadora en la cabeza y una pipa enorme. Él era alto y delgado, por lo que se parecía a lo que dicen que debería ser la imagen de Sherlock Holmes. Me sonrió y me dijo que se bajaba a saludar a los turistas. Creo que no he visto tanto revuelo en mi vida: todo el mundo quería hacerse una foto con él. Desde entonces siempre que tenía oportunidad se ponía ese ridículo disfraz y se bajaba a la calle a saludar a todos los ilusos que se amontonaban junto a nuestra puerta. Qué cosas tenía a veces…
Cómo echo de menos a mi George. Siempre tenía alguna ocurrencia para entretenerme. Tras el entierro doné toda su ropa a la parroquia, quedándome sólo con una cosa: su absurdo disfraz de Sherlock Holmes. Qué no daría yo por verle bajar las escaleras una tarde más para hacerse fotos con los pesados fans del dichoso detectivucho.
Foto de portada: ©Wikipedia
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