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Una vieja abadía

En mi pueblo, perdido en medio de Castilla, hubo una vez una vieja abadía que dio forma a la comarca. Me cuentan que, para envidia de otras localidades cercanas, la comunidad de monjes era importante y dinamizaba la actividad económica: todo el mundo vivía ligado a aquel enorme edificio de una u otra forma.

De niño me sorprendió saber que aquellas ruinas habían sido un edificio magnífico que hizo prosperar a mis antepasados. Mi padre me contó cómo la comunidad que lo habitaba se vio obligada a abandonar el edificio, y que con los años fue víctima de los saqueadores y el tiempo.

Con el paso de los siglos los nuevos habitantes del pueblo resucitaron al cadáver del edificio usando sus piedras para construir cercados, casas o incluso la nueva iglesia del pueblo. El mundo cambiaba y con él la vieja abadía iba siendo comida por las malas hierbas y el olvido. Las vacas pastaban donde antes los monjes iban a rezar, y el sonido de las letanías era sustituido por los gritos de los pastores y el ladrido de los perros.

De eso ha pasado mucho tiempo, y ahora el pueblo vive del campo. Apenas quinientos habitantes caminan por sus calles diariamente, y de la vieja abadía sólo quedan los muros como la silueta del cadáver que dibuja la policía en las películas. Me gusta dar un paseo por las tardes e imaginar a los monjes paseando entre las paredes, imaginar cómo serían las distintas salas y oler el incienso al caminar sobre las piedras que formaron la iglesia de la comunidad.

Sin embargo, lo que más disfruto es subir a una loma cercana, a medio kilómetro del edificio, y esperar a que el atardecer coloree de rojo las piedras y alargue las sombras de las paredes. Es entonces cuando, desde lo alto del cerro, y sólo por un instante, puedo ver arrastrada en el suelo la grandeza que en algún momento tuvo la abadía: sobre el pasto verde las tinieblas del anochecer alargan sus muros y vuelven a dar forma a la iglesia, mostrando incluso el atisbo del campanario.

Entonces el viento corre por la hierba haciendo parecer que la campana suena en lo alto y los pasos de los monjes regresan hacia el interior del templo. Yo sonrío. Y la veo como lo que en otro tiempo fue: una abadía joven, brillante y hermosa.

 

Foto de portada: ©Pexels

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