Cuando cae la noche, él se prepara. Estira, pues hoy el objetivo es de los difíciles, y se pone el vaquero y la sudadera negros. El pasamontañas va en la mochila, junto con el bote de pintura, los rodillos y la mascarilla. Se mira al espejo y las ojeras parecen derretírsele por las mejillas. Está cansado, pero tiene un propósito. Y eso es suficiente.
El objetivo lo ha fijado esa misma mañana, mientras iba camino del trabajo. Lleva demasiados días viéndolo como para no atacarlo. Pasar por delante cada día le provoca una quemazón dentro del cerebro, como una picadura que no puede rascar. Esa noche por fin podrá dormir tranquilo.
No tarda más de diez minutos en llegar subido a su bicicleta, pero decide dar alguna vuelta de más por precaución. Ya se ha hecho demasiado famoso entre los grafiteros de la ciudad y, según le han dicho, muchos están deseando cruzárselo para impedir su tarea. Es un riesgo que acepta y que, de alguna forma, la hace más honrosa.
Cuando llega, deja apoyada su montura sobre una pared sin detenerse en atarla y se pone los guantes, pasamontañas y mascarilla antes de trepar la verja que le separa de su objetivo: un enorme grafiti de unos tres metros de ancho por uno de alto, en tonos grises y negros; una palabra obscena y un dibujo soez que algún rebelde sin causa consideró apropiado pintar en pared ajena.
La pintura la compró a mediodía en una tienda lejana. Al abrir el bote y hacer una cata sobre el cemento sabe que ha acertado con el color exacto. Como siempre. Tener el Pantone grabado a fuego en la retina es lo que le permite devolver las paredes a su estado original, como antes de que cayesen bajo el spray de los grafiteros.
Sonríe bajo la máscara al ver el rodillo empapado de pintura. Mira alrededor y empieza la escaramuza.
La ciudad duerme, pero él no. Porque sabe que los grafiteros tampoco duermen: marcan territorio, lanzan mensajes, se reparten las esquinas como perros orinando. Y él se ha declarado su enemigo. Como un ejército de una sola persona, lleva meses borrando firmas y dibujos a rotulador y spray, antiguos o nuevos, en lugares altos como cornisas o a pie de calle. Es un soldado del civismo, consagrado a una tarea tan propia como adecuada: debe ser él quien devuelva a las calles su sentido original de zona común y de paso, libres de firmas que las conviertan en feudo de unos pocos.
Es inútil pensar en victorias definitivas. Lo suyo es desgaste, guerrilla, la batalla constante contra el libertinaje de los tags. No pinta: limpia. No crea: restaura. Y cada vez que su rodillo borra un grafiti, no oye silencio, sino disciplina. Orden sobre el caos. Los periodistas guerrean en los medios, los políticos en la tribuna. Y él ha elegido como campo de batalla las calles y a los vándalos como enemigo. Anónimo. Insignificante. Sin esperar nada a cambio. Lo suyo es un deber, como quien apaga incendios antes de que devoren el bosque.
Pinta con prisa, deseando terminar cuanto antes. Sabe que lo buscan, que hay bandas que ya lo tienen fichado. Los nombres que borra le persiguen para evitar desaparecer, pues ese es su mayor miedo: la nada. El insulto a su ego. Si le encuentran una noche, no le saldrá barato. Por eso guarda rápidamente sus armas en la mochila, salta la verja con toda la agilidad que su edad le permite y se regala un último vistazo a su obra. Cuando la pintura se seque habrá quedado como nueva.
Nadie sabrá que fue él. Nadie lo nombrará. Pero en cada muro que amanece limpio, en cada trazo borrado, queda la huella de su batalla contra la barbarie, el agradecimiento mudo de los vecinos y, por encima de todo, la enorme satisfacción del deber cumplido.
Foto de portada: ©Pexels
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Bonita y útil actividad de este personaje…
ojalá se llenen las ciudades del mundo de la cordura de los que se esfuerzan en poner orden y arte a esos muros llenos de tachones y garabatos que hieren la sensibilidad visual…
Ojalá!!!!!!!