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La condena

El crujido de la manzana entre los dientes del súcubo resuena en el profundo silencio que se ha apoderado del Infierno. Su rostro no refleja arrepentimiento ni temor. Sólo mira a su creador con una arrogancia infinita.

Satanás está inmóvil a dos pasos de distancia. Tiene los ojos un poco más abiertos de lo que parece posible, deformando su rostro en un gesto casi cómico, incrédulo. Es como si el mismo orden del Infierno se hubiera quebrado ante su vista: un espíritu menor, un simple súcubo, le ha desafiado.

Entonces el aire se agita. Primero como una brisa, pero pronto se convierte en un huracán. La máscara cae: el rostro perfecto de Satán desaparece en una mueca desquiciada. Los dientes ya no forman una sonrisa amable sino una sierra afilada y mortal. La piel pierde su tersura y la melena se alborota al son del viento que él mismo genera.

Pasa frente a mí y con cada zancada provoca un terremoto que arranca piedras de las paredes; toda la hondonada se ha convertido en una lluvia de lava y humo sulfuroso.

Coge al súcubo por el cuello y lo eleva sin ningún esfuerzo.

    — ¡Insolente! —grita al tiempo que lo lanza a varios metros de distancia—. ¡Lo has echado todo a perder!

La manzana cae a mi lado y al cogerla veo que está completamente podrida. A mi espalda las hojas del árbol del Edén, tan llenas de vida, caen como piel muerta; el tronco se retuerce hasta mostrar vetas de fuego líquido. Nada verde queda a mi alrededor, sólo ceniza, azufre y muerte.

La ilusión se ha evaporado. Todo era mentira.

Satán, ahora sin máscara, agita sus alas negras y alza unas manos que parecen garras hacia ninguna parte. Farfulla blasfemias que no logro entender y clava su vista en el súcubo. Con su lengua negra pronuncia un conjuro que hace que mi guía se retuerza de dolor, desapareciendo entre ceniza justo antes de dedicarme una mirada lastimera que se clava en lo más profundo de mi ser.

Agarro el crucifijo que cuelga sobre mi pecho y me encomiendo a Dios ante lo que pueda venir. Sé que el Diablo ha perdido, pero eso lo hace mucho más peligroso.

    — ¡Tú! —me grita al fin con la cara desencajada y espumarajos cayendo por la comisura del labio—. ¡Tú eres el culpable!

El aire empieza a arremolinarse a mi alrededor, tan fuerte que me empuja hacia los lados como si quisiera desmembrarme.

    — ¡Eres inútil! —sigue el Demonio—. ¡No me sirves para nada!

Con un gesto de brazo, Satanás hace que el viento me sacuda violentamente mientras se calienta y gana fuerza. Mis pies pierden el contacto del suelo bajo la hiriente mirada del Diablo, que se hace cada vez más pequeño hasta desaparecer en la nube de humo y azufre que me envuelve. Poco a poco el torbellino que me aprisiona acelera hasta provocar que las briznas de aire arañen mi ropa y muerdan mi carne.

Cuando quiero darme cuenta veo la esfera celeste de Atlas y la Estigia allí abajo, y después el valle por el que el súcubo me guio hasta el Tártaro. A través de la corriente que me transporta atisbo la llanura en la que me atacó la Estantigua, y a mis demonios atormentando a Arrio, a Hécate y a la Muerte…

Mis ojos quedan ciegos, incapaces de ver nada más allá del viento que me zarandea. Mi ropa se rasga, el cuerpo me arde hasta hacerme imposible gritar. El dolor crece, mis articulaciones crujen, todo pierde el sentido dentro del tornado de muerte al que Satanás me ha condenado.

Cuando mi cuerpo está a punto de darse por vencido, el silencio llena mis oídos, y un fuerte golpe me provoca una arcada que queda vacía en mi boca. Aterrado, abro los ojos y veo mi cuerpo desnudo entre jirones de ropa. Estoy en una habitación sucia y fría que apesta a gasoil.

Entre temblores termino por ver la luz trémula de una bombilla que ilumina las cañerías y depósitos de la sala de calderas que me sirvió como puerta al Infierno.

He vuelto a casa.

Al intentar levantarme noto un gran escozor en el centro del pecho. Un pinchazo desde la nuca dispara un intenso pitido en mi oído derecho. Con un último esfuerzo miro hacia abajo y veo que mi crucifijo, todavía caliente, me ha dejado una profunda marca en forma de cruz sobre el esternón. Está doblado por el calor, pero sigue conmigo.

Sonrío.

Entonces una nueva punzada me atraviesa el cráneo y me hace perder el conocimiento.

 

Foto de portada: ©Pexels

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