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La alianza

Se sienta en el sillón de siempre, el de cuero gastado junto a la ventana, con la luz de la tarde cayendo oblicua sobre sus manos. La alianza descansa en el dedo anular, aunque en realidad nunca ha descansado del todo. Desde el primer día, en la iglesia, el ajuste no es perfecto: no tanto como para resbalarse con facilidad, pero sí lo suficiente para que lo note cada vez que cierra el puño o extiende los dedos. El joyero insistió en que era el tamaño correcto, que la mano se adaptaría, que el oro se asentaría con el tiempo. Él lo aceptó porque la ceremonia ya estaba próxima y porque, en el fondo, tampoco le importaba. Supuso que tenía que ser así y el anillo siguió flojo, como un compromiso hecho de buena voluntad y medidas aproximadas.

Con el tiempo, el hueco se volvió más evidente, o por lo menos a él se le hacía evidente. Lo hacía girar con el pulgar, un gesto que al principio era nervioso y después se convirtió en hábito. Sentía el metal frío deslizarse hacia el nudillo, como si la alianza misma dudara. Como si no le perteneciera.

La gente le decía: lo vas a perder, ¿por qué no lo llevas a ajustar? Él levantaba la mano y respondía algo como “siempre me ha quedado así y el oro no está para regalarlo”. Era una frase práctica, defensiva, que solía cerrar el tema. Nadie seguía preguntando. Pero él dudaba si esa holgura no significaría algo más.

Con el paso de los años, la llegada de los hijos y las pruebas a su matrimonio, empezó a ver que aquel anillo flojo no era un defecto de fabricación ni un error de talla. Era una metáfora. Cuando era joven creía que el amor ajustaría perfectamente a su vida, a sus necesidades y a sus caprichos. Como en las películas: sin holguras, sin resquicios, sin posibilidad de que nada se escape. Pero la realidad no funciona así, y las películas acaban siempre antes de la discusión, de la amenaza de ruptura y de los tres días sin hablarse.

Las relaciones largas, como la suya, empiezan con arrebatos pasionales: la alianza se pone con la esperanza de que el tiempo mantenga los momentos buenos y los multiplique, obviando que el tiempo también suele multiplicar las manías y las discrepancias. Que la convivencia es difícil y hay que vigilarla cada día haciendo pequeñas o grandes concesiones. El amor, cuando dura, es frágil y nunca encaja del todo. Siempre queda una holgura por la que puede entrar la dejadez, el dar por sentado lo que jamás dejó de ser un regalo, o incluso otra persona.

No es que el amor se desgaste, es que cambia y se convierte en otra cosa. Y hay que saber aceptarlo. La pasión inicial es la que forja el oro, pero en algún momento el calor de la fragua abandona el metal, y es entonces cuando lo llena el acompañamiento mutuo, el respeto y un sacrificio que no vende entradas para los cines.

A nadie le gusta lo anodino de una pareja que lleva veinte años junta, que ya sabe cómo le gusta el café al otro, que conoce todas sus anécdotas y cuya sorpresa es mucho más difícil de conseguir. Es ahí cuando el peligro de que la alianza se suelte es mayor, y sólo una mano firme y atenta puede cerrarse a tiempo para evitar que cada rozón en el metal, cada muesca hecha por los años, haya sido en vano.

El anillo flojo es el recordatorio constante de que nada está garantizado para siempre solo por llevarlo puesto. Hay que sostenerlo. Hay que estar atento al leve movimiento del metal, al roce sutil que anuncia que podría deslizarse si uno se descuida.

Ella está en la cocina. Pela una mandarina, concentrada, mordiéndose la lengua con las muelas con el mismo gesto de siempre. Entonces él se levanta del sofá sin prisa. Camina hasta ponerse a su lado y le roba un gajo de mandarina. Después la abraza por detrás sin decir nada.

Porque no hace falta decir nada.

 

Foto de portada: ©Pexels

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