La melodía está ahí. Puede oírla, paladearla casi. Primero los fagotes, luego las flautas. La armonía apoyada en los contrabajos como los pilares de una catedral gótica. Dentro de su cabeza truena con una claridad insoportable por encima del ruido que entra por la ventana, el estruendo de su mujer con el aspirador en el salón, el zumbido del frigorífico estropeado de la cocina. Está ahí. Y, por alguna razón, le resulta imposible escribirla.
Enciende un cigarrillo y piensa. Se acerca al teclado e intenta esbozar sobre el teclado esa melodía que lleva tarareando días, quizá semanas hasta tener el momento adecuado para pasarla al papel pautado. El piano tampoco consigue convertir en sonidos lo que en su cabeza es tan claro como saludar o dar las gracias. Como si estuviese intentando atrapar el arcoíris, cada vez que daba un paso hacia él, se aleja más y más.
Ha leído que a Mahler le ocurrió algo parecido una vez. O a Ravel. Incluso esos genios se enfrentaron a su propio talento y lo perdieron. Quizá es eso: que ha alcanzado su límite y el resto de su vida consistirá en no escribir nada. En quedarse mirando el papel vacío, como un prisionero frente al muro de su celda.
Aterrado ante esa posibilidad se levanta de un salto, tropieza con la mesa y coge al vuelo su taza. Mira por la ventana. La cierra. Abre la puerta y pregunta a su mujer si no puede ponerse a limpiar en otro momento. Se pone tapones. La melodía sigue ahí, impasible a su incapacidad de traerla al mundo.
Prueba a tararear. Nada.
Prueba a escribir sin escuchar. Nada.
Prueba incluso a copiarse a sí mismo, a robar un fragmento de su sinfonía anterior y estirarlo hasta hacerlo nuevo. Mozart lo hacía, ¿no? Pero no es la melodía que tiene dentro ahora mismo. No es igual, no es nueva, ni atrevida, ni… El silencio llena la habitación con un peso insoportable, como una música que nadie puede escribir.
Se queda de pie mirando a la estantería, donde todos los discos le devuelven la mirada como esperando a que haga algo. Levanta los brazos con resignación, pidiendo de alguna forma que todos los dioses que descansan en las baldas le obsequien con el regalo de su creatividad. Beethoven, ceñudo, juzga su incapacidad. Vivaldi sonríe y se mofa de su falta de talento. Bruckner le mira indolente, Brahms con un deje de sorpresa, Bach ni siquiera le mira… ¡Bach ni siquiera le mira!
La ira que siente le impulsa hacia delante, a arrancar de los estantes los discos y estamparlos contra el suelo. A pisarlos. A romper las fotos de esos ídolos que se ríen de su miseria. De su angustia. De él.
Una vez repuesto del arrebato, se sienta de nuevo frente al papel en blanco.
Toma el lápiz.
Durante un instante parece que va a escribir.
Pero el lápiz no se mueve.
El papel tampoco.
Y él tampoco.
Foto de portada: ©Pexels
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