Quizá empezó una noche cualquiera, probablemente cuando alguno de ellos se descubrió a sí mismo deslizando el dedo por la pantalla sin pensar, mirando vídeos absurdos uno detrás de otro sin poder parar de hacerlo.
O quizá fue cuando otro miró a un chaval joven en el autobús, absorto con la pantalla a pocos centímetros de la cara, los cascos clavados en las orejas y la espalda doblada en un ángulo imposible y sintió algo parecido a la tristeza.
El grupo no tenía nombre oficial, ni número de personas fijo. Entre ellos se llamaban, medio en serio medio en broma, los grafiteros digitales. No pintaban paredes, ni hacían nada ilegal, pero dejaban marcas en contra del sistema donde nadie las esperaba: en medio del ruido, del scroll infinito, de los bailes estúpidos y los retos sin sentido.
Su trabajo había nacido en un foro abandonado de la red, cuando en un hilo la sensación de que algo se estaba rompiendo en los jóvenes se hizo demasiado insoportable. La certeza de que el sistema estaba diseñado para exprimir dopamina barata a cualquier precio y que el algoritmo estaba dominando sus vidas fue lo que les llevó a actuar.
No era una conspiración política, no había ideología común. Ellos hablaban de algo más profundo. Más importante.
De orgullo.
De disciplina.
De ser uno mismo.
De no dejarse domesticar.
Uno era profesor. Otro había sido militar. Había también un programador, una enfermera, un mecánico y una chica joven que decía haber perdido dos años enteros de su vida viendo vídeos que ya ni recordaba. Y todos habían llegado a la misma conclusión: al sistema había que derrotarlo con sus propias armas. Desde dentro. A golpe de scroll, megusta y video de menos de treinta segundos.
Empezaron despacio. Con más buena voluntad que conocimiento. Tenían cuentas pequeñas con nombres llamativos y perfiles sin foto. Pero poco a poco algunas empezaron a funcionar mejor que otras, unos vídeos generaron más tráfico que otros… el propio sistema fue el que les indicó por dónde debían tirar.
Los mensajes eran breves, con títulos duros que se clavaban como una puñalada.
«No te están robando el dinero. Te están robando el tiempo.»
«¿Cuántas horas llevas hoy sin pensar?»
«Si necesitas el móvil para no aburrirte, alguien más lo está usando para dominarte.»
Con el tiempo los comentarios empezaron a aparecer. Los megusta. Y cuando crecieron lo suficiente, las críticas. Eso les dio la pista de que estaban logrando su objetivo: la grieta se estaba empezando a abrir; había jóvenes que estaban despertando.
A veces colaban contenido entre tendencias absurdas. Como un ataque de falsa bandera para apuntalar su objetivo: en medio de un vídeo sobre la última tendencia metían la pregunta difícil, una receta incómoda para mejorar: “Deja el móvil. Haz diez flexiones. Lee diez páginas. Llama a tu padre”.
Sabían que luchaban contra gigantes tecnológicos capaces de medir cada latido de atención y gobiernos felices con ciudadanos distraídos. Pero también sabían que, detrás de alguna de esas pantallas, existía alguien anhelando algo más, un pequeño empujón que le indicase el camino correcto. Un cordero con espíritu de león esperando su momento.
Por eso seguían, asaltando las redes como grafiteros digitales en busca de la mejor pared para dejar su mensaje. La más visible. En guerrilla constante a favor de la belleza, la cultura y pensamiento crítico. Sin banderas ni ideología.
Trabajando sin descanso con la idea de que, algún día, su labor resultase innecesaria.
Foto de portada: ©Pexels
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