Es domingo, son las siete y media de la mañana, y ella ya está despierta. Se hace su café, sus tostadas con aceite, y prepara la ristra de pastillas: para el colesterol, para la tensión, para el tiroides, para la osteoporosis… Hace tiempo que su cuerpo dejó de ser tan joven como su mente, pero afortunadamente eso también tiene medicación, y no en forma de pastilla.
Cuando termina el ritual matutino estira y se acerca al armario de la izquierda, el que sólo abre ya los domingos por la mañana. Allí están sus pantalones de cuero, su chaqueta negra, las botas y el casco. El uniforme completo que, aunque no se pone con la misma gracilidad que antaño, le sigue valiendo. No le queda como antes, por supuesto, pero con la visera bajada y la mano en la cintura el espejo le devuelve la imagen que tenía a los treinta años, cuando en todas las quedadas moteras los hombres se rompían el cuello para mirarle el culo.
Abajo, en el garaje, bajo una lona oscura y llena de años le espera su fiel montura. Como un caballo en el establo ahí está su chica: una Kawasaki Z1100 de mil novecientos ochenta y cinco perfectamente conservada. Tanto que no hay día que algún curioso le pregunte si la vende. La respuesta, por supuesto, es siempre la misma.
Con el guante izquierdo puesto presiona el botón de encendido y deja que el motor empiece a ronronear calentando todo el circuito. Calentándola a ella también. ¿Por qué con el guante izquierdo puesto? Ya ni se acuerda, manías de motera con años y kilómetros. En lo que la moto termina de activarse se ajusta el guante derecho y estira.
Las rodillas le duelen.
La espalda se queja.
La sonrisa se ensancha en su rostro.
Con el crujido del pedal al poner primera, todos los achaques y molestias se quedan encerrados en el garaje incapaces de seguir la velocidad que enseguida coge la moto. Atrás quedan las arrugas, la piel flácida y las miradas lastimeras. No es una vieja: es ella misma con treinta años menos. Se inclina en las curvas, abre gas en las rectas. Cada kilómetro borra una queja del cuerpo: la artrosis de la mano, el pitido en el oído, la rigidez de las caderas. Todo desaparece detrás del rugido del motor. Va rápido, pero sin prisa, apurando alguna curva para volver a sentir ese escalofrío al llegar a su propio límite.
Cuando se cruza con otros motoristas levanta dos dedos y se ríe al ver cómo le devuelven el saludo. Nadie sabe que tiene setenta y cinco años; nadie ve a la anciana que sube escaleras agarrada a la barandilla. En la carretera es una más subida a su moto, la misma que cuarenta años antes recorría cientos de kilómetros con una simple mochila para ver el mar.
Cuando regresa a casa, horas más tarde, apaga la moto y deja que el silencio del garaje se coma el repicar del motor. La adrenalina todavía pega fuerte y las articulaciones siguen atemperadas por el esfuerzo. Suda un poco, incluso, y sonríe.
Los achaques volverán y tendrá que tomarse sus pastillas, pero al menos ese domingo ha vuelto a conseguir ganarle unas horas al tiempo.
Foto de portada: ©Pexels
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Muy chulo el relato.
Quién llegará a su edad y con ese ánimo de motera come kilómetros.
Me ha gustado.
Un abrazo.
Jesús