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Esa mano maldita

Se mete en el local quitándose la lluvia que se le ha quedado pegada a la barba y parpadea para que sus ojos se hagan a la luz baja que ilumina a prostitutas y clientes. Saluda al camarero, que le pasa un whisky en un vaso desportillado, y camina hacia la trastienda apartando las manos de las mujeres que intentan llamar su atención.

Al otro lado de una cortina le recibe el humo de los cigarros y las miradas aviesas de cinco habituales. Saca un fajo de billetes, se sienta y hace una señal al crupier para que le cambie el dinero por fichas. Respira hondo e intenta centrarse en la mano que tiene delante.

Tres-Cinco. Se retira.

Par de dieces. Sube. Todos se retiran.

Dos-Seis. Se retira.

Al segundo whisky las ojeras le dejan de pesar, las canas en el pelo no le importan, y el barro de los zapatos demasiado usados carece de interés. Sin embargo la nube de alcohol, lejos de centrarle, se le abruma en los recuerdos trayendo de nuevo esa mano maldita que truncó su vida y le convirtió en lo que es ahora.

Hila un trío.

Se retira en el River frente a una posible escalera.

Gana con un Full.

Y entonces aparece. Entre sus uñas largas. Rey de diamantes. Reina de diamantes. La mano maldita.

La partida se para y los cinco habituales se impacientan. Tiene que hablar, pero la voz no le sale. En el pasado esa mano habría supuesto una subida de apuesta inmediata, mecánica. De las que no se piensan. Pero no es el pasado, es el presente, y en el presente no se atreve a hacer otra cosa que ahogar el temblor de su mano y tirar las cartas.

Porque ya no podía jugar Rey-Reina de diamantes.

Porque ocho años atrás esa misma mano, jugada con más orgullo que cabeza, supuso el fin de su carrera en la final de las World Series en Las Vegas; esa mano fraguó su fama de jugador gafado, y nadie quiere jugar con un gafado. Ni patrocinarlo. Ni siquiera hablar con él, pues todo el mundo sabe que el gafe es contagioso.

Rey-Reina de diamantes cambió su estrella, de ser el elegido por los dioses del azar a convertirse en un paria del circuito. Por confundir el ego con la valentía.

Ese fue el punto de ruptura, la cicatriz que duele sólo con mirarla y que no le ha permitido seguir adelante. Nunca consiguió sobreponerse, condenándose a sí mismo a una vida mediocre de timbas clandestinas en tugurios de mala muerte.

Y ahora las cartas le queman los dedos cada vez que las toca y toma decisiones con la duda del novato. Como si se hubiera olvidado de lo que un día fue. Atrapado por esa mano maldita que jamás podrá ganar.

 

Foto de portada: ©Pexels

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