He decidido dar un paso adelante hacia la adultez: me he comprado una casa. Desde que era pequeña he soñado con tener mi casita, amueblarla, pintar las paredes, hacer las chapucillas que haya que hacerle… Todo yo, sola, sin nadie que me diga cómo hacerlo: simplemente con ropa vieja para poder mancharla, el pelo recogido en un moño y mucha ilusión. Quiero sentir ese orgullo de ver las cosas bien hechas y poder decir a mis hijos, si es que algún día los tengo, que su madre hizo eso ella sola.
Sobre esos futuros hijos he estado pensando mucho últimamente, porque la casa que me acabo de comprar, pese a ser algo pequeña, es lo justo para poder criar a una familia sin unas apreturas insoportables. Me hace ilusión pensar en cómo, dentro de unos años, podré pasear por el descansillo de esta casa con un ser curioso y preguntón dándome la mano a la altura de mi rodilla.
Y es que hoy me he dado cuenta de que el portal de la casa, los pasillos, la escalera… todo tiene un olor muy particular que será el olor de la infancia de mis hijos. El olor de la entrada a su lugar seguro hasta que crezcan y se conviertan en nómadas de muchas casas y ningún hogar. Será el olor de sus primeros recuerdos, de broncas descomunales y alegrías enormes; de llegar cansados del parque, sudorosos en verano, helados de frío en invierno, sanos, enfermos, contentos, tristes… Ese olor que, cuando lo vuelvan a oler dentro de muchos años, dirán que era el olor de su casa.
Yo me acuerdo del olor de la casa de mi niñez. Era una mezcla de ambientador de pino y vejez. Igual la vejez no huele así, pero en mi mente siempre ha estado asociado a ese olor medio rancio de casa antigua. Éramos pocos vecinos pues sólo había nueve apartamentos en el edificio, y cuatro de ellos estaban ocupados por personas muy mayores. Quizá por eso mi casa olía a vejez. También recuerdo a un señor alto, siempre vestido de negro, que me daba un caramelo de eucalipto cada vez que me veía en el descansillo. De ahí puede venir lo del ambientador a pino. Quién sabe.
Sólo espero que esos hipotéticos hijos sean tan felices en mi nueva casa como lo fui yo en la de mi niñez. No todo serán momentos buenos, ni seré la mejor madre del mundo, pero ¿no fastidian todos los padres a todos los hijos en algo? ¿no hacen falta malos momentos para reconocer los buenos? Al final tendrán que aprender a quedarse con lo bueno y perdonar lo malo. Al fin y al cabo sólo los mezquinos se quedan con lo malo.
Y mis hijos podrán ser muchas cosas, pero jamás serán unos mezquinos.
Foto de portada: ©Pexels
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Si…siempre hay una casa que encierra recuerdos de tu niñez…
Cuando pasa a otras manos piensas en cómo la transformarán….
Pero deseas que sean tan felices como tu lo fuiste. Porqué siempre borramos los momentos duros.