La manzana está frente a mí, a dos palmos de distancia. Verde, suculenta, tan perfecta como la mano que me la ofrece.
— ¿Mi alma por la condena eterna? —digo alzando la cabeza.
Al decir eso me doy cuenta de que el corazón se me ha acelerado. No sé cuándo empezó a latir así de rápido. La frente de Satanás se ha arrugado por un momento, sólo un instante, el que tarda en redoblar su ataque con una sonrisa arrebatadora.
— ¿Tu alma? —sisea—. No te he hecho venir hasta aquí para eso…
Miro al súcubo, y le veo enrojecer por un instante mientras aparta la vista. Ahora me doy cuenta de su engaño, que no hace más que confirmar mi sospecha: mi alma está perdida desde el momento en el que puse un pie en el Infierno. Mi curiosidad, la búsqueda de respuestas a preguntas que no debía haberme hecho, me ha condenado. Mi propio orgullo me ha apartado del sendero de Dios.
— El trato es el siguiente, exorcista —sigue hablando Satán con voz de terciopelo—. Muerde la manzana, admite tu derrota, y yo liberaré a todas esas almas que has jurado salvar.
¿Cómo podía saber de mi juramento? Ni siquiera el súcubo pudo escuchar las plegarias de los mártires cuando pasamos junto a ellos… ¿Es que acaso el Infierno y Satán son uno? ¿Cómo, si no, podría saberlo?
Doy media vuelta y camino unos pasos con la vista hacia arriba, como esperando una respuesta. Nada. Estoy solo.
— ¿No es esto lo que quieres? —insiste el Diablo—. ¿No es lo que ordena tu Dios?
— Mi Dios es el tuyo —susurro sin darme la vuelta.
Satanás se ríe. No a carcajadas, no de forma excesiva, simplemente se ríe. Le oigo a mi espalda, burlándose de su creador.
— No aquí abajo —dice con frialdad—. Aquí abajo yo soy Dios.
Esas cinco palabras me duelen en lo mas hondo de mi ser. No por la blasfemia, sino porque siento que es verdad.
— ¿Y bien?
Sólo Jesucristo salva. Él mismo lo dijo. Pero esa norma parece incompleta aquí, distante, como la ley de un país lejano que nadie teme incumplir. Mi alma ya está condenada, pero lo que se me exige es todavía peor: el Demonio quiere mi fe. Admitir el abandono de Dios.
¿Qué hacer, Padre? ¿Qué haría tu Hijo? Me cuesta pensar, no puedo concentrarme. Yo no soy salvador de nadie. Miro al súcubo, pero él no levanta el rostro del suelo. Algo en su belleza se ha marchitado en presencia de su amo, como si el embrujo que lo hace irresistible se hubiese agrietado un poco. A su lado, el árbol del Edén cada vez se parece más al altar de mi sacrificio.
Debo tomar una decisión, mantener la cabeza fría una última vez. Yo ya no puedo ser redimido, pero ellos aún pueden tener una oportunidad en el Paraíso.
Espero que Dios lo vea así.
— Acepto —digo mientras doy la vuelta con toda la calma que puedo.
— Bien —sonríe el Mal con dientes perfectos—. Ahora, muerde la manzana.
Avanzo. Las ganas de llorar me ahogan, pero no debo quebrarme.
Me giro hacia el súcubo, que por fin se atreve a mirarme. Si no fuese porque es imposible, diría que veo tristeza en sus ojos.
Mi mano tiembla al coger la manzana. Noto su pesada carga entre los dedos.
Rezo una última plegaria implorando a Dios su perdón. Que su misericordia entienda mis razones. Entonces cierro los ojos y me entrego a la oscuridad.
El fruto acaricia mis labios, pero cuando lanzo el mordisco una sacudida recorre todo mi cuerpo lanzándome contra el tronco del árbol. Caigo. Me falta el aire.
Cuando consigo ponerme de pie no puedo creer lo que veo: el súcubo, alto, perfecto, irresistible, tiene la manzana en la mano. Me dedica una sonrisa, se la lleva a la boca y muerde con fuerza ante la impotente mirada de Satanás.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |
Joer, me he quedado en ascuas.
Sigo acojonado, no se si Gonzalo te va a dejar escribir estos relatos.
Me has tenido con el corazón en vilo todo el relato. Ya veremos quién duerme está noche.
Me ha gustado.
Un abrazo