Está solo, como siempre. En medio de una sala en la que dentro de una hora compartirán asiento más de dos mil personas que se emocionarán con lo que va a ocurrir allí. Sin embargo a él poco le importa. Su cometido es otro, más oscuro y menos agradecido. No recibirá aplausos ni felicitaciones.
Trabaja en la sombra, casi escondido. En silencio. Siempre en silencio. Sin silencio no podría hacer nada. Sus principales armas son una llave de vaso de una medida especial, un afinador y un termómetro, aunque tiene cientos de varillas, puntas y repuestos guardadas en la mochila por lo que pudiera pasar. Con eso y muchos años de pericia acumulada, de conocer los gustos de cada intérprete, consigue hacer que cada instrumento que le ponen delante rinda como se espera de él.
Ahora está remangado con una gota de sudor cayéndole por la frente. Una cuerda se ha roto y al sustituirla por una nueva hay que trabajarla el doble para que se quede en su sitio, con la tensión adecuada para dar la nota que debe dar a la afinación que debe dar. Mira el reloj y suspira. Aún hay tiempo. Cambia la llave de clavija y repasa el registro agudo. La temperatura ha subido medio grado desde que llegó y eso hace que se resienta todo el instrumento.
Cuando termina con el registro agudo se pone a revisar el grave. No entero, sólo las notas que sabe que tienden a soltarse con más facilidad. Conoce bien ese instrumento: lo habrá afinado al menos quince veces al año durante los últimos diez años, y eso le hace la tarea más fácil. La mayor dificultad de su trabajo es que en realidad nunca sabe con qué se va a encontrar. A veces son instrumentos antiguos y desajustados que por mucho que se trabajen no llegan nunca a buen puerto; otras, en cambio, son demasiado nuevos y por ello hay que tratarlos con más cariño al no estar acostumbrados al uso diario. Para él es como trabajar con compañeros de trabajo inmóviles pero vivos, cada uno con sus manías y sus particularidades, y al no poder adaptarse ellos a su forma de trabajar es él quien debe ser flexible.
– Arturo, van a abrir puertas.
– Me parece muy bien –resopla sin levantar la cabeza del afinador.
– Es que va a entrar el público.
– Por mi como si entra la reina de Saba –ahora sí ha levantado la cabeza, y mira con ojos de fuego al auxiliar de sala que le ha interrumpido–. Yo tengo que terminar mi trabajo.
Echa un nuevo vistazo al reloj y después mira el termómetro. En cuanto el público llene la sala la temperatura subirá al menos un grado, por lo que será mejor dejarlo todo un pelín más bajo de lo que debería para que el calor haga el resto. Después de diez minutos sintiendo la mirada curiosa de los primeros espectadores clavada en su espalda al oír el cling-cling-cling de su labor toca un par de acordes y da por bueno el trabajo.
Tras recoger las herramientas las guarda en la mochila y abandona la sala cruzando los pasillos abarrotados de músicos calentando antes de salir al escenario. Del único que se despide es del clavecinista que tocará esa noche para indicarle cómo ha dejado el instrumento. Él es el único que sabe de la importancia de su trabajo.
Para cuando la orquesta sale al escenario y los aplausos reverberan en el aire él ya está fuera del edificio, sentado en la parada del autobús, como si nada de lo que fuese a ocurrir dentro del auditorio esa noche fuese con él. Hace tiempo que aprendió que los aplausos serían siempre para otros. Y que le pregunten si le importa.
Foto de portada: ©Pexels
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Claro que lo dejo, me ha vuelto a gustar.
Oficio difícil, a mí me parece imposible. Trabaje con ellos en Hazen, en Majadahonda. Uno era el mecánico, aunque también afinaba, y el otro era el afinador de pianos. Por mucho que les miraba, e intentaba aprender, imposible yo solo tengo orejas.
Un fuerte abrazo y Feliz Navidad
Un aplauso a todos aquellos que trabajan duro para que los conciertos suenen de maravilla…y están siempre en la sombra.