La melodía apareció sin saber de dónde. Sin pedir permiso. Y en cualquier momento. No era molesta, pero tampoco lograba identificarla. La tarareaba hasta donde podía recordarla una y otra vez en bucle, pero no daba con el título. Era vieja, eso sin duda, de piano digital ochentero y sonido de dieciséis bits. A sus cuarenta y cinco años, con la vida ordenada en rutinas y horarios de trabajo e hijos, no estaba acostumbrado a esos asaltos.
Una tarde, mientras doblaba ropa en el salón, se detuvo en seco. De golpe lo supo. El título. No de la canción, sino de lo que la contenía: un videojuego.
Dejando a medias la ropa se lanzó al ordenador con una prisa que no recordaba haber sentido en años. Abrió Youtube y tecleó combinaciones torpes de palabras hasta que dio con lo que buscaba. En medio de la inmensidad de vídeos absurdos, de directos sobre bailes de Tiktok, allí estaba Bivo45, un héroe en la sombra con apenas tres seguidores, que hacía quince años había subido la banda sonora entera a su canal.
Bastaron los primeros segundos. Las paredes, lisas y de color crema, mutaron en un gotelé sucio y descamado. Su portátil sonaba al ritmo del ventilador del Pentium II, había revistas de videojuegos, y cómics, y cromos sobre la mesa, y lo que era más importante: tenía once años otra vez. En la mochila del suelo estaban enterrados los deberes, recién terminados para aprovechar el rato antes de la cena. En cualquier momento su madre le llamaría para cenar, pues ya se oía el ruido lejano de los platos y el aceite crepitando en la sartén.
A la melodía del menú principal le siguió la primera pantalla: divertida, colorista, amable. El primer enemigo. El primer reto. Buscando siempre lugares en los que guardar la partida por si su madre le llamaba. La última luz del atardecer entraba en diagonal por la ventana. Una pantalla más. Un nivel más.
Y entonces ocurrió: los pasos se acercaron y el pelo de la nuca se le erizó.
— ¿Me ayudas con la cena?
La voz venía del pasillo. No era la que esperaba, aunque durante un segundo su cuerpo se tensó como si lo fuera. No era su madre. Era su mujer, que después de la cena le recordó que tenía la ropa a medio doblar y que había que bañar a los niños. El hechizo se había roto de golpe, pero su regusto era suficiente para mantener una sonrisa en su rostro.
Se quitó los auriculares despacio y, antes de cerrar la pestaña, dedicó un momento a revisar el perfil de Bivo45. Sin foto. Sin descripción. Con el último vídeo subido hacía ocho años. Probablemente Bivo45 ya no se llamase así, es más, probablemente se habría olvidado ya de su canal.
Sin embargo no pudo evitar dejar un comentario. Nada largo ni elaborado, sólo lo que le había hecho sentir. Que durante apenas cinco minutos había vuelto a tener once años, y eso a los cuarenta y cinco valía oro. Seguramente Bivo45 también lo sabría.
Luego se levantó y fue a la cocina. Mientras cortaba verduras pensó que nadie sabría nunca lo importante que había sido aquel gesto pequeño. Pero tampoco hacía falta. Había recuperado algo que creía perdido.
Y eso, para un martes cualquiera, con cuarenta y cinco años, trabajo, mujer y dos hijos, era mucho.
Foto de portada: ©Pexels
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Una chispa de ilusión, y recuerdos de juegos queridos.
El tiempo se pasa volando y cuando nos queremos dar cuenta vivimos de los recuerdos.
Otro relato dominguero que me alegra el día.
Muchas gracias.
Un abrazo
Y un beso a Gonzalo, y a su madre.