Un día Eladio dijo basta.
Demasiada gente, demasiada rutina, demasiado tráfico. El ruido de la ciudad se había convertido en insufrible, tanto que tomó una decisión radical: Al día siguiente dimitió de su trabajo, puso a la venta su piso en el centro y cogió su coche para buscar el lugar adecuado en el que dar comienzo a un nuevo capítulo de su vida.
Ahora Eladio es un vecino más de un pequeño pueblo castellano. Bueno, quizá no un vecino más, pues los doscientos veintitrés habitantes del municipio hablan de sus extraños horarios y su errática forma de vida. Lejos de la plaza, justo cuando la carretera comarcal deja atrás las últimas casas, un pequeño sendero de tierra se abre camino entre la hierba hasta llegar a una casa muy antigua cuyas paredes de adobe encierran la existencia de Eladio.
En una habitación, la única a la que llega internet en toda la casa, está arrinconado un escritorio más propio de un gamer que de un habitante de un pueblo de interior. Sin embargo las dos pantallas, en las que distintos gráficos no dejan de cambiar de forma y color conforme avanza el día, rigen ahora la vida de Eladio con la pulcritud de dos alarmas que suenan siempre en un despertador analógico que tiene colocado junto al teclado: la hora de apertura y la de cierre de los mercados bursátiles.
Lejos del bullicio de Wall Street y el glamur de los reservados en los que los traders acostumbran a tomarse sus combinados al acabar la jornada, Eladio sigue la cotización del oro, los futuros del petróleo, la deuda americana y las noticias sobre Japón o el estrecho de Ormuz con la avidez del francotirador eligiendo el mejor momento para apretar el gatillo.
El golpeteo metálico de los cencerros y los ladridos de los perros está lejos de ser el acompañamiento adecuado para comprar y vender acciones, pero desde que decidió dejar todo atrás esa es su rutina y no la cambia por nada. Sólo la rompe las tardes de dominó el fin de semana en el bar de la plaza y las inoportunas visitas de algún vecino que, camino de dar de comer a las vacas, tiene a bien llamar a su ventana justo cuando el plazo para cerrar una operación llega a su fin.
Los viernes por la tarde, cuando las bolsas quedan en silencio después de la vorágine de la semana, coge su cuatro por cuatro y cruza la parcelaria para llegar al pueblo de al lado y hacer la compra semanal. Después pasa por la biblioteca, revisa las novedades y elige lectura. Para terminar se acerca al punto de recogida de paquetes, donde recibe todas las compras que hace por internet. Todas las noches, sea invierno o verano, se toma una infusión sentado en el poyo de la entrada, resguardado de la intemperie por el pequeño tejado que instaló nada más comprar la casa. Allí hace balance de la jornada, del resultado de las acciones que ha llevado a cabo bajo la sombra de los gráficos, y repasa mentalmente las primeras posiciones que abrirá al día siguiente.
Cuando el sueño empieza a vencerle se levanta dispuesto a dar por finalizada la jornada, pero antes echa un vistazo a su parcela y a las luces del pueblo, que están tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Justo donde deben estar.
Foto de portada: ©Pexels
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