Para vivir de gorrón hace falta actitud. Tienes que hacer los deberes y, a veces, no es fácil. Te lo digo yo.
No hablo de ser un gorrón que sablea un bizum a un amigo o se aprovecha de un conocido con piscina un par de veces en verano. Hablo de vivir de gorrón. De aprovechar al máximo los resquicios de la sociedad para no tener que trabajar de otra cosa. Hablo de ser un profesional, y eso implica esfuerzo y sacrificio.
Como, por ejemplo, cuando te tienes que levantar pronto para desayunar. Nadie diría que un gorrón tiene que preocuparse de horarios, pero en realidad tiene todo el sentido hacerlo. Para los demás media hora no supone nada, pues van a pagar la cuenta sí o sí. Para gente como nosotros el timing es crucial. Tienes que conocer los hoteles, la rotación del personal y los horarios de apertura del bufé libre. Todo para entrar por la puerta del hotel, esquivar si es posible al recepcionista y plantarte delante del camarero para darle el número de habitación.
¿Por qué hay que madrugar? Dos razones: hay menos gente y, la más importante, pocas posibilidades de que el huésped real de la habitación baje tan pronto. A partir de ahí tienes que comer todo lo que puedas en el mínimo tiempo posible. Después es cuestión de dejar un tiempo prudencial antes de repetir la jugada en el mismo hotel.
Otro ejemplo: conocer cuándo se graban los programas de televisión. Este truco te puede solucionar la hora de comer. Tú llegas al estudio, que suele estar a las afueras de la ciudad, y te las apañas para colarte dentro. Esquiva a los de seguridad, cuéntales alguna película, lo que quieras. La vieja conocida de la cámara de fotos o el chaleco de obra funcionan muy bien. El caso es que cuando llegues al del cáterin tú le dices que eres familiar de algún concursante y que si puedes coger un bocadillo. Nadie le va a decir que no al familiar de un concursante de televisión. Y nadie va a reparar en ti.
Llegas, comes y te vas. O lo intentas al menos. Recuerdo una vez que el de cáterin empezó a preguntarme por mi supuesta hermana, que cómo le iba, si disfrutaba del concurso… Todo para que al final me dijera que ese día estaba participando una anciana de setenta años que no tenía familia. Pude salir de milagro de allí. Pero al menos conseguí llevarme un bocata y un yogur a la carrera.
Por supuesto hay formas de vivir de gorrón más elaboradas, pero requieren de mayor preparación. Una son las celebraciones, sobre todo las bodas. Te pones tu traje, te acercas un domingo a alguna iglesia importante de tu ciudad, y para dentro. Allí nadie conoce a todo el mundo, es más, en la última en la que me colé escuché a una señora preguntar a su acompañante si esa era la boda a la que tenían que ir porque no conocía a nadie. Hasta que no escuchó los nombres de los novios en boca del cura no se quedó tranquila.
Y cuando acaba la misa, ¿qué? Pues o bien el convite queda cerca o bien salen autobuses directamente desde allí. Así que sólo tienes que unirte al grupo, subirte al autobús y esperar. Nadie va a pasar lista. Nadie va a preguntarte nada. Sonríe, comenta alguna frivolidad sobre el tiempo con otros invitados, incluso intenta ligar con alguna chica. Actitud ante todo. Normalidad. Eso sí, cuando se acabe el convite y la gente pase al comedor, tú escaquéate. Escóndete por ahí. Habrás comido lo suficiente para no tener más hambre, así que haz lo posible para que nadie te vea.
Entonces puedes hacer dos cosas: irte de allí o esperar a la barra libre y volver en los autobuses con los demás. Si haces esto último, cuidado con emborracharte demasiado, pues el alcohol puede soltarte la lengua y delatarte.
Esa es la primera ley de vivir de gorrón: si quieres ser un profesional de esto, nunca bajes la guardia.
Foto de portada: ©Pexels
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