— ¡Carlos!
— ¿Qué quieres?
— ¡Andando, que tenemos otro!
— Que son las tres de la mañana, no me jodas.
— Venga, coge el café y tira.
Carlos y Alberto caminan por los pasillos interiores del aeropuerto de Barajas, desde el despacho de la Guardia Civil hasta una sala en la que les espera un tipo alto y espigado con profundas ojeras bajo los ojos. Los dos se miran como dudando de si esa es la habitación a la que tienen que ir y cierran la puerta.
— ¿Eres tú el perito?
— Sí —responde rascándose el codo.
— Vaya horas —protesta Alberto.
— Ha merecido la pena. Qué maravilla, ¡qué maravilla!
— ¿Maravilla? —bufa Carlos—. A ver, dinos.
Sobre una mesa hay ocho cartas Pokémon perfectamente alineadas, como si alguien las hubiera colocado con mucho mimo para observarlas.
— Ocho cartas, todas en perfecto estado —dice el perito tras carraspear —. Un lote estupendo.
— ¿Cómo de estupendo?
El perito sonríe y se pone un par de guantes antes de nitrilo. Alberto y Carlos vuelven a mirarse y niegan con la cabeza.
— Estas tres son las menos valiosas. Unos Charizards Holo muy bien conservadas… estamos hablando de quince mil euros las tres.
— ¿Quince mil euros tres putas cartas?
El perito le mira fijamente y Carlos carraspea invitándole a seguir con su explicación.
— Aquí la cosa se pone más interesante: Estas cartas son extremadamente raras, lo que hace que sean muy muy caras…
— ¿Cómo de caras? —le interrumpe Alberto apoyando la taza de café en la mesa de las cartas.
— ¡Quite eso de ahí! —se agita el perito—. ¡Va a arruinarlas!
— ¡Pero si tienen fundas!
— ¡Da igual, ignorante! ¡Estas cartas son tesoros de colección!
— Bueno, bueno, disculpe a mi compañero… Continuemos, que no son horas —intercede Carlos rascándose los ojos.
Alberto da un paso atrás y deja el café en otra mesa. El perito, al ver el peligro lejos de las cartas, relaja el gesto.
— Como iba diciendo —carraspea—, estas tres cartas son muy codiciadas por coleccionistas: un Lugia, un Venusaur…
— ¿Un qué?
— Un Venusaur… ¿puedo seguir? —mira a Carlos, que da un golpe en el brazo a su compañero y asiente—. Decía: Lugia, Venusaur y un Blastoise, las tres primeras ediciones, las tres Holo… Pueden llegar a veinte mil euros fácilmente.
— ¿Las tres?
— Veinte mil cada una.
— ¡Cada una! ¿Estamos locos?
— Tres putas cartas valen más que mi sueldo de un año…
— Es que son unas cartas que….
— ¿Y las dos que quedan?
El perito ensancha aún más su sonrisa y coge las cartas con manos temblorosas.
— Estas dos son griales: Un Charizard y un Umbreon Gold Star. Estamos hablando de seis cifras por cada una si se da con el comprador adecuado.
Alberto se atraganta con el café al oírlo.
— ¿Cien mil euros por una cochina carta? ¿Pero en qué mundo vivimos?
— Y yo que pensé que lo había visto todo en aduanas… ¿De cuánto dinero hablamos si contamos todas?
El perito deja las cartas sobre la mesa y mueve la cabeza hacia los lados.
— De unos… ¿doscientos cincuenta mil? ¿Trescientos mil euros? Siempre en el mercado adecuado, esto no se vende con facilidad. Igual con criptos se consigue hacer el intercambio antes o…
— Vale, vale, ya nos queda claro.
Alberto y Carlos dan las gracias al perito y dejan la sala sin decir una sola palabra hasta llegar a sus dependencias.
— Joder, macho…
— Nos hemos vuelto locos…
— Y ahora ya me dirás qué coño ponemos en el informe.
— Pues lo que nos ha dicho el friki este. Que al sospechoso se le acusa de intentar sacar del país cartas Pokémon por valor de trescientos mil euros.
— Me cago en mi puta vida, Carlos, que mis hijos jugaban con cosas de estas de pequeños.
— Y los míos, Alberto, y los míos.
Foto de portada: ©Pexels
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