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La plaza cuarenta y nueve

Cada mañana bajo al garaje con la ilusión de un niño el día de reyes. No hay nada ahí abajo interesante para mí. Al menos nada propio.

Mi garaje es el de una comunidad de vecinos de un barrio normal, con sus coches normales incluyendo el mío: un Toyota Yaris que empieza a tener demasiados años. Sin embargo la plaza cuarenta y nueve es diferente. Está al fondo del garaje, escondida bajo la curva de acceso a la superficie, por lo que tienes que acercarte a ella para verla. Y yo lo hago todos los días.

Cada mañana, al salir del ascensor, en vez de girar a la derecha hacia mi Yaris, doy un rodeo hasta la plaza cuarenta y nueve y me detengo un par de minutos para observarla. Ha habido días que he llegado tarde al trabajo por dar ese rodeo, pero no me importa. Porque allí, entre Peugeots y Dacias con los bajos arañados, un Mercedes de los años ochenta lleno de polvo e incluso dos motos con publicidad de un restaurante de comida rápida, duerme todas las noches una maravilla de la ingeniería que desde luego no pertenece a ese lugar: un Shelby Cobra.

Azul oscuro.

Con su línea doble blanca atravesándolo de atrás adelante.

Con su enorme radiador ovalado casi sonriendo al verme.

Impoluto.

¿Qué hace un coche como ese en un simple garaje comunitario como el nuestro?

El Shelby Cobra es la comidilla de las reuniones de vecinos. Todos fantaseamos con verlo un día en acción y escuchar su motor rugir entre nuestros simples utilitarios. Pero nunca nadie ha dado con el dueño del coche. La plaza de garaje está alquilada a una chica que no vive en el edificio y por ello nunca viene a las reuniones. Cosas de herencias a las que no se les da demasiada importancia, supongo. Y los gestores de la comunidad no pueden darnos ningún tipo de información por la dichosa protección de datos.

Es entonces cuando me gustaría que en la casa hubiera una portera cotilla a la que poder preguntar por el dueño del Cobra. Pero no la hay. Quizá por eso los vecinos hemos hecho ese coche el orgullo de la comunidad y lo protegemos como si de nuestro pequeño tesoro se tratase. Sin contarlo a extraños. Aplicando una especie de omertá privada para que ningún amigo de lo ajeno tenga la tentación de llevárselo.

Pero de prestado no se vive, así que cada mañana, después de dar el rodeo para ver la plaza cuarenta y nueve, regreso a mi Yaris y salgo del garaje camino del trabajo, dejando que el trajín del día ocupe mi mente hasta la hora de volver a encontrármelo por la noche.

Foto de portada: ©Pexels

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