Era un día de verano. En los jardines del parque los abejorros zumbaban entre las flores y los niños se salpicaban con los chorros de las fuentes. Y, desde la terraza, yo disfrutaba del paisanaje con la calma del que tiene el día libre y puede regalarse un rato al aire libre frente a un café con hielo. Un pequeño placer de los pocos que a veces permite la vida.
Fue entonces cuando los vi. Primero llegó ella, luciendo un vestido negro, demasiado ceñido para la época del año y algo más corto de lo que su edad aconsejaba. No lo digo por decir, sino porque cuando cruzó las piernas al sentarse enseñó a toda la terraza un liguero rojo que delataba sus intenciones.
Como una diva de película antigua, sacó una pitillera plateada, encendió un cigarro, pidió un vermú y esperó.
No pasaron más de dos minutos, o al menos ese tiempo me pareció a mí, cuando apareció por el lateral de la terraza un hombrecillo que superaría de forma generosa los sesenta años mirando en todas direcciones. Sin que ella tuviera que hacer un solo gesto, se acercó a su mesa mientras se aplastaba un mechón rebelde del cogote.
Si la provocativa mujer había llamado mi atención, los pasitos cortos y rápidos de su cita terminaron por impedirme mirar para cualquier otro lado. Ahí pasaba algo y mi vena cotilla me pedía a gritos enterarme de qué.
Los saludos fueron afectuosos pero para nada excesivos. Como si fueran dos conocidos que tomaban algo juntos con cierta asiduidad. Sin embargo la postura del hombrecillo, echado adelante, apoyado en la rodilla y la mano colocada de tal forma que su meñique raspaba sutilmente el borde de la falda de ella confirmaba mis sospechas.
La camarera llegó al rato interrumpiendo sus primeras frases, y desde mi sitio pude ver cómo el hombre pedía otro vermú señalando con un gesto cómplice al de la señora. Ella sonrió y se pasó la mano por el pelo negro teñido para acabar resbalando de forma calculada por el borde de sus labios.
El brillo del carmín y la naturalidad del gesto me sorprendieron casi tanto como al hombrecillo, que ensanchó su sonrisa y adelantó un poco más su mano, poniéndola directamente en el muslo desnudo de ella.
El rato pasó entre miraditas y alguna confidencia al oído que arrancaba una carcajada a la señora. No sabía quién estaba seduciendo a quién, pero cuando se levantaron para pagar no pude evitar pensar lo insólito de la escena. Sin embargo, es normal ver parejas de quinceañeros pelando la pava en un portal o un banco del parque. Incluso jóvenes de dieciocho o veinte metiéndose mano por debajo de la mesa. Pero parece que ese tipo de comportamientos dejan de estar permitidos cuando uno cumple cierta edad.
Quizá las arrugas y el deseo no casan ante los ojos de la sociedad.
Y, pese a todo, allí van los dos, muy juntos, dejando que sus manos se rocen sin atreverse a dárselas, hasta llegar a la esquina y desaparecer de mi vista.
Foto de portada: ©Pexels
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