Son las nueve y media de la noche y Chang acaba de terminar su informe. Apaga el ordenador, recoge su mesa y sale del despacho empujando su bicicleta plegable. Mientras espera al ascensor disfruta de la vista que le da la planta setenta y ocho de la torre Ping An y sonríe. Lo ha logrado: es el junior más joven de la historia de Sinoverse Capital, una de las empresas de capital riesgo más prestigiosas de China.
El trayecto se le hace eterno. No solo por la altura, sino por la cantidad de paradas que llenan y vacían el ascensor de cientos de personas tan elegantemente vestidas como él. La torre Ping An, centro económico de la ciudad de Shenzhen, nunca para.
Sus pasos resuenan en el suelo de mármol al cruzar los arcos de seguridad biométricos del edificio. Una vez fuera, saca un casco plegable de su mochila y se monta en la bicicleta esquivando taxis y coches de alta gama bajo el brillo de los anuncios de Hermès y Dior en las gigantescas pantallas led que recubren los rascacielos. Tiene que pedalear unos veinte minutos hasta llegar a la parada de la línea tres que suele estar menos congestionada a esas horas.
Aprovecha la hora de camino hasta su estación para consultar noticias de las bolsas que abren en otras partes del mundo, analizar gráficas y revisar correos. Puede que su cuerpo ya no esté en la oficina, pero su mente todavía no ha salido de ella. Muchos matarían por estar en su situación y no va a permitir que sus superiores siquiera se planteen dar una oportunidad a otro.
Cuando sale del vagón y sube a la superficie mira al cielo. Es verano y el monzón puede anegar la ciudad de agua cuando le venga en gana, y las nubes que empiezan a arremolinarse en la oscuridad de la noche no le dan buena espina. Avanza unas pocas calles y pronto deja atrás la calidez de las luces del extrarradio de Shenzhen.
El asfalto empieza a grietarse y los coches mal aparcados y las alcantarillas rotas convierten el trayecto en una pista de obstáculos. De vez en cuando alguna moto de los waimai le asalta en una esquina, y todo mientras los primeros relámpagos iluminan los bajos de los edificios espantando ratas y cucarachas. Le quedan veinte minutos de pedaleo; deberán ser quince si no quiere mojarse.
Chang atraviesa la poca luz que hay entre las calles del polígono de Longcheng cuando la lluvia le alcanza. Una enorme tromba de agua le cala hasta los huesos cuando llega a un parking de tierra en el que una ajada furgoneta aguarda en la oscuridad. Ha llegado a casa.
Saltando de la bici palpa el mando del vehículo en su bolsillo y pulsa el botón de desbloqueo. El guiño naranja de los intermitentes le da la bienvenida mientras el portón lateral se desliza sobre los rieles automáticamente. No ha terminado de abrirse y ya está dentro. El reloj marca las once y cuarto de la noche.
A la derecha, el asiento del conductor y un pequeño armario en el que cuelga el traje y deja los zapatos. A la izquierda el hornillo de la cocina, una pequeña mesa y la cama. Y enfrente una puerta esconde el váter y la ducha. Seis metros cuadrados en los que guarda toda su vida.
Después de una ducha caliente de un minuto y medio para atemperarse pone un paquete de noodles a hervir. Revisa la bicicleta y la deja apoyada contra el interior de la puerta lateral, echa los oscurecedores de las ventanas y el cierre interior y abre el portátil. Todavía tiene tiempo de repasar un par de presentaciones mientras cena algo antes de acostarse.
Cuando el reloj marca las doce de la noche es hora de dormir. Apaga el ordenador, revisa los alrededores con las cámaras que tiene instaladas en el exterior de la furgoneta, y se mete en la cama.
Fuera ha dejado de llover y no se oye absolutamente nada. Casi lo prefiere, sobre todo frente al bullicio de la zona industrial de Xiazao, con sus talleres de motocicletas, sus cables colgando, el ruido constante de generadores y olor a comida callejera. En Longcheng la noche es tranquila, aunque el riesgo de que le multen por pasar la noche allí es mucho mayor.
Del lujo de Ping An a su furgoneta. Pero le da igual. Es el orgullo de su familia, el junior más joven de la historia de Sinoverse Capital.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |