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José Luis

José Luis lleva treinta y ocho años levantándose a las seis y cuarto de la mañana. Se hace su café, recoge el periódico en el quiosco de Pedro, y se va dando un paseo hasta el ministerio. No es jefe de nada. Ni siquiera de su propia mesa, que comparte con otros tres funcionarios en una habitación con fluorescentes blancos, archivadores grises y una ventana que lleva años sin cerrar bien.

Tiene un nivel bajo, de letra tardía de abecedario que jamás aparece en reuniones u organigramas. Pero todo el mundo le conoce.

    — Oye, José Luis, una cosa.

Siempre empieza así.

Desde  un compañero de su sección, a una jefa de servicio, un director general o el chico nuevo que acaba de llegar con mucha formación y ninguna experiencia.   

    — Dime.

Entonces le cuentan el problema. Porque siempre hay un problema. Una subvención que no llega, un expediente que lleva meses parado, una firma que falta, un informe que nadie sabe quién tiene que hacer o una aplicación informática que ha decidido que ese martes no funciona.

José Luis escucha. Sin interrumpir. Sin preguntar apenas. Lleva demasiado tiempo allí como para que algún follón le pille de nuevas.

    — ¿Y quién te ha dicho que eso lo tienes que resolver tú?

El otro duda.

    — Pues… los de subsecretaría.

    — Ah.

Se queda pensando.

    — Llama a Carmen.

    — ¿Carmen?

    — La de laboral. Pero no a la nueva. A la otra Carmen.

    — ¿La que estaba antes?

    — Esa.

Y Carmen lo arregla. O sabe quién puede arreglarlo. O hace que el problema no se arregle pero vuelva por donde vino. Y todo porque José Luis lleva treinta y ocho años viendo cómo funciona aquello.

Cuando llegó, en otra sede, con otros compañeros y otra ilusión, los expedientes se hacían a máquina. Después llegaron los ordenadores, el correo electrónico, las aplicaciones corporativas, las videoconferencias y varias reformas que prometieron modernizarlo todo.

José Luis sobrevivió a todas sin llegar a dominar ninguna. Pero conoce los procedimientos, y también conoce las excepciones. Sabe qué norma se aplica y, sobre todo, sabe quién puede interpretarla de la manera que hace falta que se interprete.

Tiene el teléfono de gente que trabaja en otros ministerios, antiguos compañeros destinados ahora en organismos que nadie sabe exactamente para qué sirven y funcionarios que llevan años haciendo exactamente lo mismo que él en edificios a los que nunca ha ido.

    — José Luis, ¿tú conoces a alguien en Transportes?

    — A alguien conoceré.

Y conoce.

Por eso una mañana aparece en su mesa la subdirectora de lo económico.

Tiene un despacho enorme dos plantas más arriba y un cargo que José Luis no sabría explicar del todo. Pero allí está, en una silla sin apenas espuma mirando con ojos pedigüeños a José Luis.

    — Perdona que te moleste.

    — No molestas.

Le cuenta el problema. José Luis la escucha durante cinco minutos recibiendo las miradas de soslayo de sus compañeros de despacho.

    — ¿Has hablado con Manuel?

    — ¿Qué Manuel?

    — El de Intervención.

    — No.

    — Pues habla con él. Y dile que vas de mi parte.

La mujer apunta el nombre en una libreta.

    — ¿Y crees que funcionará?

José Luis se encoge de hombros.

    — Con Manuel nunca se sabe. Es gallego.

Pero funciona.

Por la tarde vuelve a pasar por su mesa.

    — José Luis, no sé cómo agradecértelo.

    — No hay nada que agradecer.

Cuando se marcha, uno de sus compañeros levanta la vista del ordenador. Es joven, apenas han pasado dos años desde que aprobó la oposición.

    — ¿Te das cuenta de que esa cobra tres veces más que tú?

José Luis asiente con una sonrisa.

    — Y viene a preguntarte a ti.

    — Ya lo has visto.

    — ¿Y no te jode?

José Luis mira la pantalla. Lleva media hora intentando conseguir que el dichoso Sorolla le permita tramitar un expediente que, según el propio sistema, no existe.

    — No.

Pulsa otra vez.

Nada.

    — ¿Sabes por qué?

José Luis vuelve a sonreír.

    — Porque cuando yo llegué, José Luis se llamaba Atanasio.

Hace una pausa.

    — Así que escucha y aprende, que algún día te tocará a ti.

Y sigue intentando abrir el expediente.

 

Foto de portada: ©Pexels

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