— ¡Venga, señora, dele fuerte!
Era el monitor de spinning, en medio de clase, a voces sobre la música maquinera. Y no se lo decía a la mujer de unos cincuenta y tantos que apenas podía mantener el ritmo a mi lado, no.
Me lo decía a mí. A mí, que tengo treinta y siete. ¿Cómo se atrevía?
Al salir de las duchas, en el vestuario, me vi reflejada en el espejo y vi que mi vientre, siempre plano, tenía una ligera barriga que no terminaba de reabsorberse. Siempre he sido muy deportista, pero el parto de mi hijo me dejó como regalo esa tripa algo blanda que parece que no volverá a su sitio.
Después, al hacerme la coleta, me di cuenta de lo mala que era la iluminación del baño. Al principio lo achaqué a venir a un gimnasio de estos de cadena, low-cost que dicen ahora, porque esos reflejos raros que se veían en el espejo no eran normales. Lo que no esperaba era ver que los reflejos eran míos: que detrás de la oreja, en mi melena oscura, varias canas habían aparecido sin saber cuándo.
Al llegar a casa miré el reloj y vi que todavía faltaba un buen rato para ir a recoger a mi hijo de la guardería, así que aproveché a recoger un poco la casa, limpiar la silla llena de papilla y restos de fruta, y, al acabar, sentarme a ver la tele un rato. Una serie cualquiera, de las que ya he visto mil veces… hasta que me fijé en el año en el que se emitió su última temporada. ¿De verdad ha pasado tanto tiempo?
Entonces recordé cuando me puse a dar consejos a una compañera de trabajo más joven sobre cómo ligar diciendo lo que hacía yo a su edad; o cuando hice un chiste a los dos becarios de mi departamento y no lo entendieron; o incluso esa vez que mis amigas, a las que cada vez veo menos porque ellas también tienen sus familias y sus obligaciones, decidieron salir de fiesta una noche y a mí me pareció el peor plan del mundo…
Al mirar el reloj me di cuenta de que era la hora de irme, así que me vestí y me fui directa a la guardería. Al llegar, en medio del revuelo, la profesora de mi hijo me preguntó si conocía al padre de uno de los niños porque nunca había ido a buscar a su hijo y era el primer día que iba a ir. No me pareció mal que se asegurase.
— Sí, es aquel chico del fondo, el de los pantalones azules.
— ¿Chico?
— Bueno, el señor aquel, ya me entiendes.
Acababa de llamar chico a un señor de cuarenta y pico años. Chico. A un señor. Madre mía.
Cinco minutos más tarde recogía a mi hijo de la guardería y me iba dando un paseo para casa. Al pasar por el parque un balón apareció de ninguna parte quedando justo a mis pies.
— Señora, ¿me devuelve la pelota?
Un niño de apenas ocho años me miraba desde lejos agitando la mano. Me dieron ganas de darle una patada al balón y mandarlo lo más lejos posible, pero no lo hice.
Me limité a respirar hondo, decirle que tuvieran cuidado con la gente y devolvérselo antes de seguir camino hacia casa.
Foto de portada: ©Pexels
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