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Afonso de Albuquerque

    — ¿Alguien conoce el nombre de Afonso de Albuquerque?

La pregunta descolocó a los alumnos, incluso alguno revisó en su horario si estaban en la clase correcta. Tercera hora, matemáticas. Y sin embargo el inicio de la lección, que se suponía que iba a ir de trigonometría, no sonaba a matemáticas.

La cara del profesor era una mueca divertida al ver los rostros de sus alumnos. Aunque inflexible con su asignatura, era consciente del mundo en el que vivía y por eso había traído a Afonso de Albuquerque a su clase esa mañana.

    — Nadie, ¿no? Es normal. No sólo es un nombre desconocido para vosotros, también lo es para vuestros padres, lo cual no es un crimen. Lo que sí es un crimen —la voz subió de tono—, es que no lo sepan nuestros gobernantes.

¿Qué tenía que ver ese tal Afonso de Albuquerque con las matemáticas? Nada, pero Arturo vio cómo los jóvenes rostros cambiaban el gesto. No mostraban inquietud ni duda: a los ojos de sus alumnos empezaba a asomarse la curiosidad.

    — ¿Os suena el estrecho de Ormuz?

Dejó un momento para que alguien levantase la mano.

    — ¿Eso es lo del sitio random ese del petróleo?

    — Sí, Óscar, lo del sitio random del petróleo —resopló el profesor—. Tan random como que por ahí pasa el veinte por ciento del gas y el petróleo del mundo. Y ahora está cerrado.

    — Porque Trump está delulu —dice Marta.

    — Literal —remata Silvia.

    — Bien —alzó las manos Arturo antes de que otro se lanzase a apostillar—. Entonces podemos concluir que es un sitio importante, ¿no?

Algunos estudiantes asienten.

    — ¿Y eso no lo sabían?

El que ha hablado es Julián, un chico tan listo como poco aplicado.

    — Ese es el quid de la cuestión, Julián.

    — ¿El qué?

    — El centro, el punto, que diríais vosotros.

    — Ah, el point.

El point, suspira Arturo para sí antes de continuar.

    — El point, Julián, es que este lugar ha sido un punto caliente geopolítico desde que el mundo es mundo… y ahí es donde entra Afonso de Albuquerque, un militar portugués de principios del siglo XVI. Un hombre que, ya en mil quinientos siete, supo ver que si quería controlar el comercio entre Asia y Europa, este era uno de los lugares a poseer. Que en la guerra comercial entre Portugal y las repúblicas de Venecia y Génova, dominar este paso marítimo era crucial.

La clase se quedó en silencio por un momento. Arturo no sabía bien si era un silencio bueno o uno malo.

    — Mi padre dice que hay una guerra comercial entre Estados Unidos y China.

    — Eso es, ¿y qué significa eso, Marta?

Un nuevo silencio, pero esta vez parecía roto por el ruido de los cerebros al funcionar.

    — ¿Que no hemos aprendido nada en todo este tiempo?

    — Efectivamente, Julián, al que a partir de ahora llamaré Marta —señaló Arturo entre risas de sus alumnos—. Que no hemos aprendido nada. Quinientos años sabiendo que ese punto necesita alternativas y nada. Así estamos ahora.

    — ¿Y eso por qué pasa? —esta vez sí había hablado Marta—. Estados Unidos es el país más poderoso del mundo, ¿no? Tienen muchísima pasta… ¿por qué no han hecho nada en todo este tiempo?

Arturo se encogió de hombros y sonrió con un gesto amargo.

    — Eso es tema para otra clase, pero te diré lo que me dijo un profesor mío hace mucho tiempo: otro gallo cantaría si los políticos fuesen historiadores.

Miró una vez más a toda la clase antes de dar el tema por zanjado. Las matemáticas eran importantes, pero más importante todavía era que esos muchachos supiesen moverse por el mundo que se formaba ante ellos cada día. Un mundo en el que Pitágoras o Tales ocupaban, para su desgracia, un segundo lugar.

    — Y aunque lo que os acabo de contar es mucho más importante que lo que viene ahora —terminó por decir antes de mirar el reloj—, abrid los libros por la página setenta y seis. Sigamos con la trigonometría.

 

Foto de portada: ©Pexels

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