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Cuida de tu hermana

Iba a ser la tarde perfecta: padres fuera de casa, juego recién comprado y ningún límite para jugarlo. Sólo había una condición; una orden. Cuida de tu hermana, le había dicho su madre. Era su tarea para esa tarde.

Tras nueve años de no salir en pareja, por fin papá y mamá se habían decidido a comprar entradas para el teatro. Antes, cuando eran sólo ellos dos, solían comprar el abono de temporada del teatro local, pero eso se acabó cuando nació Ernesto. Esta era su primera salida juntos sin tener que contar con alguien que les hiciese el favor de quedarse con sus hijos porque Ernesto ya tenía diez años y podía quedarse un rato solo cuidando de su hermana, de cuatro.

    — A ver, ¿cuál es el plan? —repasaron una vez más.

    — A las siete y media os vais, a las ocho empieza el teatro —enumeró Ernesto con tono serio—. Volveréis sobre las nueve, justo para la cena.

    — ¿Y qué puedes hacer en ese rato?

    — Lo que quiera —dijo sonriendo el niño.

    — Pero…

    — Siempre que cuide de mi hermana.

    — Así me gusta.

En cuanto la puerta se cerró, Ernesto se llevó a su hermana al salón y le dijo que se sentase con él. Montó la videoconsola, pulsó el botón de inicio y se sentó dispuesto a probar ese juego con el que tanto había soñado. Sabía que, si lo hacía bien, su hermana se dormiría rápidamente y con un poco de suerte le dejaría jugar sin molestar.

Y el plan no le falló.

Aburrida de ver a su hermano mayor pegarse con el primer nivel del juego, la pequeña pronto se hizo un ovillo en el sofá y apoyó su cabeza en las piernas de su hermano para dormir. Ernesto sonrió: tenía la casa entera para él.

Había pasado ya una hora y la luz de la tarde estaba desapareciendo por la ventana. Era hora de encender la lámpara del salón, pero cuando quiso estirar el brazo cayó en el primer error: no llegaba. Tenía a su hermana dormida encima y no llegaba al interruptor.

Bueno, pensó, me iluminará la luz de la tele, y siguió jugando.

Intentando pasarse ese primer nivel una y otra vez.

Una y otra vez.

Sin conseguirlo.

No tenía el reloj a mano, pero llevaba mucho tiempo así. O al menos se le estaba haciendo muy largo.

Y no podía moverse porque su hermana estaba encima.

Y la noche avanzaba.

Y el hambre nacía en su estómago.

Harto de no pasarse el primer nivel, dejó la consola en el menú de juego para tener algo de luz y entonces se dio cuenta de una cosa: la musiquita que sonaba de fondo era un poco agobiante. Y las imágenes que pasaban por la pantalla arrojaban sombras extrañas al salón.

De pronto, desde la oscuridad del pasillo, el chasquido de la madera de algún mueble le puso el pelo de la nuca de punta. Su casa se había convertido sin saber cómo en un lugar lóbrego y oscuro, frío incluso, que se cerraba sobre él al inquietante son de la musiquita del menú del videojuego.

Y él no podía moverse. Su hermana seguía durmiendo sobre sus muslos, ajena al tenebroso limbo sin tiempo que les rodeaba.

Un nuevo chasquido le hizo dar un respingo que casi despierta a su hermana. Consiguió aguantar. No podía despertarla porque su labor era cuidar de ella. Y con sus diez años no podía concebir otra forma de cuidar de ella que quedándose quieto, aguantar el miedo, y dejarle dormir.

Intentó cerrar los ojos pero no consiguió dar una cabezada.

El miedo era demasiado poderoso.

El tiempo pasaba demasiado lento.

Por fin, tras lo que le parecieron años de esperar en la penumbra rodeado de ruidos extraños y corrientes de aire que jamás había sentido, el ruido de la puerta trajo la luz del pasillo y las voces de sus padres.

Qué largo se le había hecho.

Se quitó de encima a su hermana avisándole de que ya estaban papá y mamá en casa. Apagó la videoconsola y guardó el juego dispuesto a no volver a usarlo jamás.

Por fin había terminado todo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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