En otro tiempo lo fue todo. La cara visible de un movimiento que buscaba dignidad y respeto. No por caridad, sino porque lo merecía. Él y todos los suyos lo merecían.
La plaga de incendios llegó como si nadie la esperase: la falta de lluvias de la primavera y la sequedad del verano convirtieron el campo en el sueño de cualquier pirómano. Con cuatro brasas y un poco de mala intención cientos de hectáreas se convirtieron en humo y fuego. Algún campista despistado y la dejadez de políticos que no veían resultados en el dinero dedicado a prevención hicieron el resto.
¿El resultado? Decenas de desplazados, hectáreas de fuego, animales calcinados y seis bomberos fallecidos.
Y allí estaba él. Siempre. Al pie del cañón, haciendo todas las horas extras posibles como coordinador de uno de los equipos antiincendios. Sin dormir. Sin descansar. Intentando controlar unas llamas que parecían salidas del mismísimo infierno.
La televisión se fijó en él desde el primer momento. Era joven, atractivo y fácil de encontrar. Qué mejor reclamo para los medios que un bombero sacrificado. La historia se escribía sola. Todo el país lo asoció a la lucha contra el fuego, resonando sus declaraciones en las tertulias como si fueran palabra divina, dándole la razón y reconociendo su labor.
Al final el fuego se controló y su cara salió en todas las televisiones como el héroe que había logrado domesticar las llamas. Él se empeñaba en hablar de sus compañeros, en la labor de todo el departamento y de los bomberos de otros países que habían acudido a ayudar. Poco importó: la prensa le quería a él.
Su periplo por las televisiones duró el tiempo que tardaron los incendios en dejar de ser noticia. Atrás quedaron los desplazados, las indemnizaciones prometidas y las imágenes morbosas de casas y animales abrasados. El monstruo informativo debía seguir siendo alimentado con nuevos dramas con los que embriagar a la ciudadanía.
Sin embargo nadie contaba con que su lucha iba a seguir adelante.
Aprovechando la fama acumulada empezó a plantear los problemas que llevaban a situaciones como la que había vivido. Habló de la falta de medios, de condiciones laborales, de sindicatos, de falta de profesionales… en cuanto zarandeó el avispero nadie quiso volver a entrevistarle. Las redes sociales fueron su único púlpito, y muchos decidieron escucharle. Las concentraciones que organizaba fueron ganando popularidad hasta juntar a varios miles de personas frente a diputaciones y ayuntamientos.
Fue entonces cuando el tono cambió. Como si alguien hubiera dado el pistoletazo de salida, los comentarios en sus perfiles de redes sociales pasaron de solidaridad y apoyo a críticas a su trabajo. Los agradecimientos mutaron en insultos y reproches esgrimiendo que los bomberos trabajaban poco, libraban mucho y que otros gremios estaban peor que ellos. Por supuesto todo eran medias verdades o directamente mentiras, pero la masa anónima a la que se enfrentaba siguió atacando pese a sus esfuerzos en ofrecer datos contrastados.
En pocas semanas el antiguo héroe pasó a ser un nombre molesto para mandatarios y sindicalistas, relegándolo a la nada en sus comparecencias públicas. La campaña de acoso subió de tono al salir a la luz detalles de su vida privada, su dirección o el coche que conducía, demasiado caro como para exigir una subida de sueldo según algunos tertulianos.
Ahí se rompió. La claudicación de una persona que sólo quería lograr el reconocimiento que sus compañeros tanto necesitaban. La presión ahogó su espíritu de lucha, renunciando a todo para proteger la privacidad de su familia. Buena parte de la sociedad vio aquello como la vanidad de un simple funcionario que se había creído más importante de lo que era.
Cuando el verano siguiente sonó la siguiente alarma no se dio tanta prisa como antes en llegar al camión. Tampoco se ofreció para coordinar el perímetro del incendio, limitándose a recibir instrucciones. No levantó la mano. No propuso ideas.
Simplemente se limitó a hacer lo justo por una sociedad que le había traicionado.
Foto de portada: ©Pexels
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