De un tiempo a esta parte se lo pregunta: ¿vivimos en una simulación? No ha visto nada raro, ni reflejos extraños en un espejo ni gatos repetidos a lo Matrix. Es más, si existiese Matrix no permitiría que una película mostrase pruebas de su existencia. ¿O sí? Igual querría dar una cucharadita de duda bien administrada, una disidencia controlada que se pueda encauzar según convenga. ¿O no?
Cada vez que se descarga una aplicación, cuando ve las noticias a través de internet, la duda vuelve a asaltarle. No como si fuera un conspiranóico terraplanista, simplemente por lo fácil que sería engañarle. Ya no compra el periódico, ni tiene libros, ni películas, ni nada en formato físico. Todo lo posee de forma etérea, no tangible, guardado en un centro de datos supuestamente protegido por una contraseña. Qué forma de vivir en el alambre.
El acertijo le asalta cuando menos se lo espera, llevándole a plantearse su misma existencia: ¿Y si todo esto no es real? El olor a café recién hecho, las patatas fritas, el calor que le nace en el pecho cuando la chica que le gusta le habla. Todo demasiado bueno para ser cierto. Claro que también pasaría lo mismo con lo malo: el dolor de espalda, las agujetas, el cansancio, la fiebre… ¿todo está en su mente? ¿Todo es falso?
Y entonces va un paso más allá: ¿y si en realidad todo lo que hace no lo decide él mismo? ¿Y si alguien decidiera por él? ¿Por qué iba a existir un videojuego como los Sims y no ser él parte de un juego todavía más grande? ¿Y si todo el universo no es más que una simple molécula de la pata de una mesa de un universo mayor?
Luego se ve a sí mismo, deslizando el dedo por la pantalla del móvil sin pensar demasiado, pasando vídeos, leyendo titulares que olvidará en diez minutos, contestando mensajes con monosílabos. A veces ni eso. A veces sólo mira, como si esperara que algo interesante apareciera por pura inercia. Como si el jugador que juega con su personaje hubiese dejado la partida en pausa para ir a hacerse la merienda.
Claro que a quién le puede interesar una simulación que consista en verle sentado en la taza del wáter mientras hace sus necesidades y mira vídeos de YouTube. A nadie le interesa eso. ¿O sí? Qué hace exactamente el jugador… ¿toma notas? ¿Mejora sus estadísticas? ¿O simplemente mata el rato como lo mata él en ese instante? Porque si esto es una simulación, alguien la ha diseñado. Y si alguien la ha diseñado, tendrá un propósito. Algún tipo de interés. No puede ser gratuito. ¿O sí?
Se queda quieto un momento, con el móvil suspendido en la mano.
Tal vez el problema es que sobrevalora su propia importancia. Tal vez no hay nadie mirando cada segundo. Y, si existe ese “alguien”, sólo presta atención en momentos concretos, y el resto del tiempo la vida en piloto automático. Con elipsis temporales o pantallas de carga.
De esas su vida tiene muchas, porque es bastante insulsa.
¿O no?
Foto de portada: ©Pexels
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