A las siete de la mañana el gimnasio no se parece en nada al de la tarde. El suelo está limpio, el olor a sudor, habitual a las ocho de la tarde, todavía está dominado por el desinfectante barato, la goma mojada y la humedad. No es la hora de los gymbros que copan las máquinas más para usar el móvil que para moverse, ni de las chicas en mallas que se ajustan la coleta frente al espejo. Es la hora de los desesperados por sacar tiempo. De la gente ocupada.
Es la hora de los héroes.
Llegan con legañas en los ojos, despeinados, con ojeras y caras cansadas. Algunos bostezan sin disimulo mientras se atan las zapatillas en el vestuario. Otros miran el reloj con una mezcla de resignación y orgullo: otra mañana más han logrado zafarse del abrazo de las sábanas y han elegido el camino difícil.
El gimnasio está casi vacío. Las máquinas esperan pacientemente, las pesas abundan, la música está baja y los mensajes que salen por megafonía invitan a empezar la jornada con algo de ejercicio. Sin embargo, ninguno hace caso a las consignas matutinas pues no lo necesitan. Todos están allí por un motivo diferente, y ninguna frase motivadora de gimnasio comercial les va a hacer cambiar de opinión.
Al fondo, en las poleas, está Luis. Es padre de dos hijos y si no va ahora al gimnasio no va nunca. No lleva mucho viniendo, pero la barriga y la falta de resuello cuando juega al fútbol con sus pequeños son la motivación que le ayuda a arrancar cada mañana. Siempre va con prisa, por lo que no hace los entrenamientos más profesionales del mundo, pero incluso mirando el reloj cada cinco minutos cumple con su rutina.
En la zona de peso muerto, Ernesto monta la barra con todas las pesas de veinte kilos. Lo suyo es entrenar fuerte, todo lo que puede, pero ha empezado a estudiar y ya no tiene el tiempo que tenía antes. Algo parecido le pasa a Cintia, que por la mañana va a la universidad y por las tardes trabaja, así que no le queda otra que madrugar e ir al gimnasio a primera hora. Ya se ha resignado a encogerse de hombros cuando sus compañeros le preguntan cómo tiene tiempo para todo. No merece la pena empezar el discurso sobre la constancia, el sacrificio y el esfuerzo una vez más.
También está el señor José, que dedica cuarenta minutos todas las mañanas a la elíptica. Está jubilado y no necesita madrugar tanto para ir al gimnasio, pero cuando le preguntan él siempre achaca a madrugar y a entrenar el no tomar ninguna pastilla a sus ochenta y dos años.
Cada uno hace su propio entrenamiento, sin tener que preocuparse de si una máquina estará libre o buscar mancuernas perdidas. Las noches cortas tienen esa ventaja. Las barras suben y bajan igual, pero a las siete de la mañana pesan un poco más. Y eso les une.
Porque Ernesto, Luis, Cintia y don José no tienen nada en común salvo esa hora escasa que coinciden en el gimnasio. No comparten gustos ni rutinas, y las únicas palabras que intercambian son los roncos buenos días que se dedican al verse.
Pero, al contrario que los críos que llenan el gimnasio a las seis de la tarde, o incluso los fuertacos del último turno, ellos comparten la camaradería de los que saben que podrían estar haciendo algo más cómodo con sus vidas y prefieren ver la salida del sol por las ventanas del gimnasio.
Hacia las ocho de la mañana el ambiente ya cambia. La hora de los héroes se diluye entre grupitos de madres que acaban de dejar a los niños en el cole y dueños de comercios que subirán la trapa a las diez de la mañana. La música sube, las conversaciones se empiezan a dar. Esa es la señal para que ellos, los verdaderos madrugadores, abandonen el gimnasio con la conciencia tranquila y la satisfacción de haber superado a la pereza un día más.
Se duchan rápido, se visten deprisa y salen a enfrentarse a trabajos interminables, familias exigentes, clases, recados y días demasiado largos.
Pasando de héroes a ciudadanos anónimos pero llevando siempre la frente alta del que ha cumplido con su deber.
Foto de portada: ©Pexels
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