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El taller

El taller es pequeño y siempre huele un poco a barro húmedo, a fresco y a tierra. No es un olor desagradable, pero tampoco es el de una tienda elegante. Dentro no hay vitrinas, ni precios, ni estanterías llenas de piezas esperando comprador. De hecho, cuando alguien entra por primera vez suele quedarse mirando alrededor con cierta confusión, porque no hay nada: es un espacio dividido en dos partes por una puerta de cristal y bombillas desnudas colgando del techo.

La parte trasera es la oficina: el baño, la mesa, el delantal. La delantera es el taller, en el que sólo hay un pequeño horno, el torno y una mesita con las herramientas viejas y gastadas, esponjas sucias de decenas de tonos marrones, trapos, restos de arcilla y un barreño con agua.

Cada mañana empieza igual. Después de llegar de casa elige un trozo de barro, un poco de agua, respira hondo y hace girar el torno. Durante las próximas horas sólo se escuchará el zumbido suave del motor y el golpeteo húmedo de sus dedos dando forma a la masa.

Primero la pieza parece torpe, demasiado gruesa, demasiado baja, demasiado informe. Luego la pericia se abre camino; las manos aprietan, tiran hacia arriba, afinan las paredes, descubren la forma. Poco a poco aparece algo reconocible: el cilindro, la ligera apertura del borde y el espacio exacto donde después irá el asa.

Trabaja despacio. A veces corrige una pequeña ondulación que casi nadie notaría, sólo porque él sabe que está ahí. Otras deja que el borde tenga una ligera imperfección, algo que recuerde que la pieza no salió de un molde. Depende de lo que busque con cada obra.

Cuando la taza está terminada la deja secar y, más tarde, aplica el esmalte de colores y la mete en el horno. Sólo queda esperar.

Nunca tiene prisa por ver el resultado, pero sí curiosidad. Siempre la tiene. Incluso después de tantos años. Cada cocción es ligeramente distinta: el color puede variar un poco, el brillo puede cambiar, el esmalte puede acumularse en un punto inesperado.

Cuando por fin abre el horno, saca la taza con cuidado y la coloca sobre el torno. Después la gira lentamente entre los dedos. Comprueba el peso, el equilibrio, la suavidad del borde. A veces asiente muy levemente, como si estuviera reconociendo algo que ya sabía.

Entonces se lava las manos en la oficina, vacía la mesa y saca la cámara. Es el momento de fotografiar su creación: la taza sobre la mesa de madera, sin fondo preparado, sin artificios. La imagen queda guardada junto a muchas otras: tazas blancas, azules, verdes, algunas más altas, otras más anchas. Múltiples variaciones de una misma idea.

El ritual acaba con él guardando todo mientras toma la taza y la observa por última vez. Ahí termina todo, sin ceremonia ni un gesto dramático. Simplemente deja caer la taza en la papelera y se vuelve al escuchar el sonido de la cerámica rompiéndose en decenas de pedazos.

La gente suele preguntarle que por qué no las vende. O las regala. O simplemente las guarda. Él se limita a encogerse de hombros y responder que, si alguien tuviera que usarlas, empezaría a importarle si la taza gusta o no. Su arte es efímero, existiendo lo que dura el barro en secarse, y ese tiempo es suficiente para mirarla con calma, aprender del proceso y dejar constancia de que una vez existió.

Luego desaparece.

Y al día siguiente vuelve a sentarse frente al torno, coloca otro trozo de barro en el centro y apoya las manos húmedas sobre la masa todavía informe, dispuesto a empezar de nuevo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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