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El escaparates

    — Tengo que contarte —dijo Marcos después de dar un trago largo a la cerveza—. Del trabajo. Un salseo.

    — A ver.

Hacía muchísimo que Marcos y Laura no quedaban, pero por fin habían conseguido cuadrar agendas. La mayor dificultad venía porque Marcos había encontrado un trabajo nuevo y entre la adaptación y el horario les había resultado imposible.

    — El tipo se llama Sergio. Jovencito, no llega a los treinta, ha empezado hace como un año.

    — Y…

    — El apodo que me he enterado hoy que tiene: el escaparates.

    — ¿El escaparates?

    — Sí.

Bebe otro trago de la cerveza y sigue.

    — Se lo llaman dos de mi departamento, que como ya hay buen rollo pues me lo han contado.

    — Ya, pero ¿a qué viene?

    — Imagínate —hace un gesto con la mano que podría significar cualquier cosa hasta que Laura niega sin entender—. Que ya le había visto yo el palo del que iba, pero…

    — A ver, muchacho, aterriza.

Tiene el ceño fruncido y se bebe lo que le queda de su Coca-Cola de un sorbo.

    — Pues que es un bienqueda. Que cae bien a todos porque va sonriendo y no le dice que no a nadie pero luego el trabajo lo deja a la mitad y siempre le toca a otro salvar el día.

    — Coño, ¿y de eso no se da cuenta la gente?

    — Pues no debe, porque ya me dirás.

    — ¿Y el jefe?

    — Bah, a ese mientras le digan a todo que sí y no le protesten…

    — Pues menudo panorama.

    — Pues ese es mi día a día… ¿quieres otra?

Laura asiente y hace una señal al camarero para que les traiga otra cerveza y otra Coca-Cola.

    — ¿Y cuando hay alguna liada?

    — Siempre sabe cómo escaquearse: que si no le dieron esa información, que si no le quedó claro… ayer mandó el mismo informe 3 veces porque siempre había algún fallo ¡y tuvimos que corregirlo nosotros!

    — Menudo patán…

    — Eso es. Y el jefe ahí, diciendo que confía en él.

    — ¿Pero cómo no puede darse cuenta? ¿Es que nadie se lo dice?

    — Nadie lo va a hacer porque si le caes bien al jefe, nadie puede meterse contigo. Y él le cae bien.

La amargura de la frase se queda en el aire cuando el camarero llega con la comanda. Como tapa trae un pequeño cuenco en el que hay 6 patatas fritas contadas.

    — Vaya ruina de tapa —dice Marcos.

    — La habrá puesto el escaparates de aquí.

La frase arranca una risotada a Marcos, que cambia de tema sabiendo que al escaparates sólo la vida puede ponerle en su sitio.

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «El escaparates»

  1. Jajajaja cuánta gente escaparate hay en este mundo, y además lo sabemos.
    Tú relato me lo ha recordado.
    Muy divertido cuando no te toca, cuando lo tienes cercano prefiero una hemorroide, es más cercana y llevadera.
    Gracias por tus relatos domingueros.
    Besitos a nuestro nieto Gonzalo.
    Un abrazo

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