— ¡Cariño, hay correo!
Otra vez lo de todos los años por estas fechas. Está satisfecha con su vida, su marido, sus hijos ya criados viviendo con sus parejas y la llegada de su primer nieto. La salud le respeta, la cuenta corriente está saneada y con el tiempo ha logrado construir su particular refugio en el que encarar una vejez serena. Estando ya más cerca de los setenta que de los sesenta no puede pedir mucho más.
Sin embargo, con el inicio del año no todo es sosiego. Junto a los paquetes pedidos por internet y las felicitaciones navideñas atrasadas llegan otras cartas que prometen trastocar, otra vez, su pequeño remanso de paz. En grandes sobres con elegante tipografía esperan las taimadas invitaciones a los premios de cine: Globos de oro, BAFTA, Oscars… Todos los años llegan haciendo tambalear los cimientos de su tranquilidad, ya apartada del trampantojo hollywoodiense.
Porque sí, en otro tiempo fue protagonista indiscutible de desfiles de moda, entregas de premios y todo evento digno de ser marcado en el calendario. Ella fue estrella, femme fatale y sex symbol de una industria que bebió los vientos por ella hasta que se olvidó de que podía seguir trabajando.
Unos dicen que el cine cambió y ella no supo hacerlo, otros que la elección de según que papeles le fue arrinconando a la oscura sala de los grandes talentos desperdiciados; incluso hubo un crítico que se atrevió a decir que haber hecho desnudos le había granjeado una fama de mujer facilona que no casaba con las películas del momento. Ni que fuera el año mil novecientos cincuenta y seis. La verdad, mucho más prosaica y por ello más dura, era otra: la edad.
Primero lo notó cuando las sesiones de maquillaje empezaron a hacerse más largas. Luego cuando los papeles que le ofrecían mutaron de joven protagonista a preocupada madre. En apenas tres años pasó de ser la mujer inalcanzable que llenaba el cartel de la película al nombre ladeado cuyo rostro no merecía la pena ni fotografiar.
Su nueva realidad fue dura de digerir, pero ella seguía disfrutando de actuar, de los retales de fama que le prestaban las productoras en los estrenos y de las películas en las que cada vez tenía menos diálogos. No tuvo la suerte de ser una Meryl Streep, y el público pronto sustituyó su rostro por el de actrices nuevas, no necesariamente más talentosas, pero desde luego más jóvenes. El último clavo en el ataúd de su orgullo cineasta fue cuando una joven reportera le preguntó quién era en una alfombra roja. La pregunta le dejó totalmente descolocada, pero la cara de educada lástima que recibió al decir su nombre terminó de hundirla.
Por eso la llegada de esas cartas tan elegantes trastoca su mundo, porque cuando Hollywood le dio la espalda, ella decidió hacer lo mismo. Le costó muchas noches de insomnio aceptar que su estrella se había apagado; aprender a agradecer el pasado glorioso sin verlo como un insulto a su futuro fue una lección amarga pero liberadora: no quería acabar como esa pobre actriz que iba a las alfombras rojas con una foto suya de joven para que la gente la reconociera. Su orgullo estaba por encima de eso.
Cada año, tras volver a dormir el ego y no caer en el cuento de la lechera —si voy me reconocerán, la gente hablará de mí de nuevo, me ofrecerán un nuevo papel, recuperaré mi carrera, ganaré premios—, comenta con su marido el formato de la carta, si le gusta más que la del año anterior o no, y después se va a podar las plantas del jardín y olvidar el incidente hasta que otra inoportuna carta decida recordarle una vida que ya no le es necesaria.
Foto de portada: ©Pexels
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