No me han citado en el Palacio del Obispo. Tampoco en las dependencias de la Archidiócesis. Voy a defender mi informe en un simple despacho que parece haber sido elegido por ser el más alejado de la Catedral. Como si mi historia fuese un inconveniente para los burócratas de la fe.
La sensación de estar bajo escrutinio crece en cuanto entro en el despacho donde me espera el vicario episcopal. Ni siquiera se levanta para recibirme, por lo que cojeo hasta la silla que hay al otro lado de su mesa y me siento con cuidado. Todavía tengo el cuerpo dolorido después de mi violenta salida del Infierno. Las marcas provocadas en mi cuerpo por el Mal aún son visibles.
— ¿Qué tal se encuentra? —pregunta con desgana una vez terminados los saludos protocolarios—. Nos dijeron que su estado era lamentable cuando lo encontraron.
Es verdad. He pasado un mes en cama hasta poder moverme con soltura, y la historia del exorcista apaleado en un cuarto de calderas había aparecido incluso en la prensa local. Afortunadamente la policía se cansó pronto de mí y archivaron el caso por la imposibilidad de ligarlo a las desapariciones que yo mismo fui a investigar.
— Ya estoy mejor, muchas gracias.
— Hemos leído su informe —dice antes de abrir una carpeta y sacarlo—, creemos que…
— Disculpe —interrumpo con una sonrisa—, ¿hemos?
Sé que no voy a recibir respuesta, pero tampoco voy a dejar que se me ignore de mala manera.
—Las… personas competentes para evaluarlo —carraspea frunciendo el ceño. Asiento y decide continuar—. He de decirle que encontramos su caso muy difícil de valorar: su cuerpo muestra signos de violencia pero no hay nada más allá de su palabra que pueda probar lo que ha escrito… ¿podría decirme algo más al respecto?
—No puedo darle más información que la que ya tiene ahí —digo con el tono más pausado que puedo—. Y mi juramento de que lo que digo es verdad.
El vicario se remueve en su asiento. Está incómodo, se le nota. Estoy seguro de que quiere pensar que todo esto son desvaríos de un fanático, pero también sé que la incertidumbre ante lo que mi informe revela le aterra. Una cosa es creer en Dios y seguir sus dictados y otra muy distinta aceptar que vivimos en medio de una guerra espiritual que nos enfrenta al Mal, a una oscuridad que en todo momento desea nuestra perdición. En el seminario esa parte no te la cuentan.
— El problema de todo esto es la dificultad de… digamos… verificar los hechos. Nada de lo que usted indica en su informe concuerda con lo que nuestra investigación ha podido sacar en claro. No hay señal alguna de que en ese cuarto de calderas haya… —traga saliva un momento y mira hacia otro lado—. Eso, que haya…
— ¿Una puerta al infierno?
Mi interrupción le sobresalta como si la hubiera gritado.
— Entenderá usted…
— Entiendo perfectamente lo que me dice —ahora sí he subido el tono y me mira con los ojos muy abiertos—. Pero comprenda usted, o ustedes, que lo que digo es cierto. Lo que hagan después es cosa suya, pero mi labor, que es la de informarles, ahí queda.
Digo esto último señalando con el índice mi informe, pero el gesto del vicario es el mismo que si le hubiera dado un sopapo.
— Esta institución no va a admitir insolencias de ningún cura venido a menos con ganas de lograr su minuto de gloria.
— Si quisiera un minuto de gloria habría ido a los medios, señor —digo sin inmutarme—. Se me ocurre algún programa de televisión que me habría dado un buen tramo sólo por el morbo de escucharme.
— ¿Cómo se atreve?
— Dígame, padre vicario —no he ido hasta el mismo centro del infierno para que un simple burócrata haga de menos mi labor—, ¿ha vuelto a ocurrir algo raro en el edificio al que se me envió?
—Bueno, yo…
— ¿Ha desaparecido alguien más?
— Todavía es pronto para…
— ¿Y por qué se me envió a investigar si no se va a creer lo que yo mismo encontré allí?
— ¡Ya es suficiente! — El vicario se ha levantado y resopla hasta casi ponerse colorado —. ¡Este informe carece de pruebas de veracidad y por tanto la Iglesia Católica ha decidido archivarlo inmediatamente!
Justo lo que me imaginaba: en vez de enfrentar el problema es mejor apartar la vista para que no incomode. Cobardes.
La conversación no sigue mucho más, pues en cuatro frases el vicario episcopal me indica la puerta con una escueta y desagradable despedida. Podría decir que salgo abatido, pero al abandonar el edificio y notar el sol calentándome la cara me acuerdo de lo que decía mi maestro, el padre Fortea: El infierno comienza cuando el hombre se convence de que el Mal no existe.
Ajusto el cuello de la sotana y, al hacerlo, noto el escozor de la quemadura en forma de cruz que llevo en el pecho. Lejos de hacerme arrugar el gesto, me provoca una sonrisa.
Es la prueba de que, incluso perdido por el Infierno, Dios siempre caminó a mi lado.
Foto de portada: ©Pexels
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Bonito final para un relato terrorífico de la entrada a los infiernos.