— Es…
El súcubo me mira durante un instante más del que sería normal en él, y asiente.
Es el árbol del Edén, no hay duda.
Plantado aquí abajo, en el centro mismo del Mal, en el lugar donde el pecado adquiere significados inimaginables. ¿Dónde si no podría echar raíces la perdición del hombre? Y, sin embargo… ¿cómo puede ser tan bello? Cada rama, cada hoja, todo emana vida, una vida que limpia este agujero sin nombre llenándolo de luz y frescor. Llenándolo de esperanza.
Cuando estoy ya muy cerca del tronco me quito lo que queda de mis zapatos y los calcetines y siento un escalofrío de felicidad al notar la hierba acariciar la planta de mis pies. Tiemblo y no puedo evitar que en mi rostro aparezca una enorme sonrisa; la primera, probablemente, desde que me vi obligado a vagar por el inframundo.
Una ligera brisa acaricia mis mejillas y hace susurrar a las hojas del árbol. Casi podría decir que escucho cantos de aves a lo lejos.
El último paso antes de llegar al árbol me hace tambalearme: caigo de rodillas, falto de energía y al mismo tiempo lleno de ella. La madera es suave al tacto, cálida como ninguna que yo haya tocado en mi vida. Estoy ante el inicio de la humanidad, bajo las mismas hojas que dieron cobijo a Adán y a Eva. ¿Cómo es esto posible? Ante la falta de respuesta no puedo hacer otra cosa que dar gracias a Dios y rezar.
Por todos los hombres que desde el Génesis fueron engañados por el pecado.
Por cada una de las almas que hay encerradas dentro del infierno.
Por Hécate, la diosa olvidada.
Por Arrio, condenado a vagar por siempre en el abismo.
Por Atlas y su carga eterna.
Por el súcubo.
Por mi abuela.
Por mí.
Rezo y lloro abrazado a la base del árbol del Edén, y sólo cuando siento que las fuerzas no van a fallarme me impulso con un gran esfuerzo y me pongo de pie. Necesito mostrar arrojo frente al súcubo, aunque desde el encuentro con Atlas no se ha atrevido a reírse de mí.
— Y ahora, ¿qué?
Mi voz suena todo lo serena que puede. Creo que he logrado esconder el golpeteo salvaje de mi corazón dentro del pecho.
Nadie contesta.
De hecho no se oye nada.
Ni la brisa entre las ramas del árbol, ni los pájaros en la lejanía. El aire se ha quedado afónico, como si un oscuro silencio hubiese reclamado este lugar. Me giro y veo los ojos color miel del súcubo muy abiertos. Tiene el rostro tirante, y ha dado un paso atrás.
— Por fin nos conocemos, exorcista.
Es alto, compruebo cuando aparece detrás del tronco, bastante más alto que yo, y tiene el semblante hecho de la misma materia irresistible que da forma al súcubo. Sus ojos son negros, profundos y tan antiguos como el propio tiempo, y tiene una melena plateada que le cae hasta mitad de la espalda. Al verme sonríe de una forma que haría que muchos perdieran el juicio, y bajo la túnica blanca se aprecian formas propias de un dios griego.
Satanás por fin ha decidido mostrarse ante mí después de tanto tiempo perdido en sus dominios.
— Tenía ganas de conocerte —continúa con una voz grave y melosa—. Has causado un gran revuelo aquí abajo.
No respondo. Mi garganta me lo impide. Sé que mi rostro se ha quedado congelado, completamente inmóvil, pero por dentro el pánico intenta invadir hasta el último rincón de mi ser. No debo permitirlo, pero apenas puedo contenerme.
— Te he estudiado, ¿sabes? Un hombre que vaga por el Infierno, un hombre de Dios, ni más ni menos. Alguien en busca de su alma…
Avanza un paso hasta colocarse a mi lado. La hierba no se marchita bajo sus pies, pero tampoco parece viva. Él es centro, gravedad, origen. La ley. Al verle tan cerca entiendo la raíz del pánico que siento: no es miedo lo que tengo, sino certeza. La certeza de que aquí Dios no podrá oírme. La certeza de que, si quisiera, podría borrarme de la existencia con un simple parpadeo.
Entonces extiende una mano hacia mí, la palma hacia arriba como si fuese a ofrecerme algo, y de alguna rama perdida cae una manzana tan perfecta como la sonrisa que me regala. No la ha arrancado del árbol. No le ha hecho falta. El propio árbol se la ha dado sin siquiera tener que pedirla.
— Tómala —susurra—. Para eso has venido.
Miro al súcubo, que no se ha movido en todo este rato. Mis dedos tiemblan.
La manzana me espera como esperó a Adán y Eva en el Paraíso.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |