Las cosas no podían haber salido peor: los impactos de la artillería antiaérea habían destrozado completamente el morro del B-17 y dos de los motores. Brown, el piloto, veía cómo el resto de su escuadrón de bombarderos se alejaban sin remedio.
— Nos pinta por abrir la formación.
— ¡Da la vuelta, Charlie! —tiritó Frenchie desde la torreta superior.
Charlie miró a Pinky, su copiloto, que tras la máscara de oxígeno parecía implorarle que diera la vuelta. El aire helado que se filtraba a través del boquete del morro les estaba congelando la sangre y sin potencia en los motores su misión se había vuelto imposible. No quedaba otra que dar la vuelta.
— ¡Alemanes! —escucharon el grito de Ecky desde la cola— ¡Cazas Alem…!
La munición de un Messerschmitt alcanzó de lleno la posición de Ecky, arrancándole el cañón de cola de las manos y la cabeza de los hombros. Seis aviones enemigos habían olido la sangre y venían en su busca.
Cuando el motor de su Messerschmitt empezó a ronronear de nuevo, Franz Stigler se dio por satisfecho. Una bala cerca del radiador le había hecho aterrizar en medio de un campo para arreglarlo, y por fin lo había conseguido. Suspiró, alzó la vista, y entonces lo vio: arriba, entre jirones grises y blancos, había una nube negra que se movía lentamente hacia el norte.
Sin perder un instante, el piloto alemán se lanzó al interior de su avión y cogió los prismáticos para ver qué era aquello: un B-17 americano avanzaba lentamente a una altitud sorprendentemente baja. Eso le hizo sonreír.
Stigler era un piloto experto con más de veinte misiones exitosas a sus espaldas, y sabía que oportunidades como aquella no se presentaban todos los días. Un B-17 solo era una ballena con alas, caza mayor esperando ser expuesta en la pared.
Con el motor del Bf 109 ya en marcha, aceleró. En cuanto las ruedas dejaron de rozar el verde del campo, tiró de la palanca hacia arriba, rumbo al enemigo.
Hacía rato que los cazas enemigos se habían batido en retirada, pero la situación no era ni por asomo buena: el cadáver decapitado de Ecky estaba atrapado entre lo que quedaba de la cola, Ruso herido por la metralla, Blackie con los pies congelados y Dick tuerto. Brown, herido en el hombro, seguía pilotando como podía, sin radio y con el fuselaje hecho pedazos.
— Mor… mor… morfina —susurró cuando el dolor fue imposible de aguantar.
— Está con-congelada, se-señor.
El fuselaje era un enorme boquete unido por las dos alas por el que el aire a menos de cincuenta grados corría con total libertad.
— ¡Joder! —farfulló para sí—. Re… recuento de daños.
— Radio, out —indicó Dick por señas, incapaz de hablar.
— Hidráulico y electricidad dañados —siguió Pinky.
— Armas, out —dijeron al unísono Frenchy, Jennings, Ruso y Blackie.
— Motores al cuarenta por ciento de potencia —siseó Doc.
Y por lo que nos cuesta movernos, pensó Brown apretando los dientes para que no castañetearan más, diría que estamos sin elevador de babor y el timón en las últimas. A su alrededor, el cielo alemán les recordaba que eran enemigos en ese lugar, cortándoles con cuchillos de viento que se colaban por todas partes. Les costaba respirar. La muerte de Ecky les pesaban. Pero al menos seguían vivos.
Fue entonces cuando Brown giró la cabeza y se encontró un piloto alemán mirándole desde la cabina de su Messerschmitt.
Lo tenía a tiro. Un derribo más en su ya impecable hoja de servicio. Una estrella más que pintar en el fuselaje de su nave. Y, sin embargo… ¿qué le había dicho su oficial de la Jagdgeschwader 27? Si alguna vez veo o escucho que disparas a un hombre en paracaídas, le había gritado un día tras unas maniobras, te dispararé yo mismo. Y ese bombardero lento, solitario y lleno de agujeros… ¿no era acaso un paracaídas gigante esperando a tocar el suelo?
Incapaz de apretar el gatillo y tras hacer una evaluación rápida del estado de la nave, Stigler decidió hacer señas al piloto del bombardero para que descendiese. Desde su cabina pudo ver la cara desencajada de su enemigo cuando se puso a par, y sus gestos de incredulidad cuando le indicó que podía escoltarle hasta la neutral Suecia. Como esperaba, no lo hizo. Él tampoco lo haría.
En vista de la situación, el as alemán se colocó en el ala del babor del bombardero, impidiendo así que las baterías antiaéreas de su bando derribasen la nave americana. Sabía que si identificaban su avión lo mínimo que podía esperar era un consejo de guerra, pero aun así mantuvo su rumbo decidido a hacer lo correcto.
Cuando por fin estuvo seguro de que estaban situados fuera del espacio aéreo alemán, Stigler volvió a colocarse en el lateral del B-17, y mirando muy fijamente a sus enemigos les dedicó un saludo militar y dio media vuelta satisfecho de poder demostrar, aunque fuera solo ante sí mismo, que incluso en la brutalidad de la guerra seguía siendo un caballero.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |