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Los Clavos

Eran las fiestas patronales del pueblo y, como siempre en verano, fuimos a ver el concierto que ofrecía el ayuntamiento esa noche en la plaza del pueblo. Por alguna razón mi madre y mi hermano se quedaron en casa, así que el plan se quedó reducido a mi padre y yo. Tampoco es que necesitásemos mucho más para bajar a la plaza, ver el percal y tomar algo en el bar antes de irnos de vuelta a casa.

Los Clavos, ese era el nombre de la banda que iba a tocar esa noche. En cuanto subieron al escenario supe que el espectáculo iba a ser de todo menos memorable: cuatro tipos vestidos como si tuvieran muchos menos años de los que en realidad tenían, con sus melenas escasas y las barrigas asomándoles entre los chalecos y las camisetas. Yo miré a mi padre para decirle que buena gana de perder el tiempo, que mejor irnos a casa, pero algo en su mirada me dijo que no iba a querer irse tan rápido.

Pasada la primera impresión, tengo que reconocer que Los Clavos no eran tan malos como parecían. Tras un par de temas prestados de Aerosmith y Queen hilaron otros tres de cosecha propia bastante decentes, muy de grupo de segunda fila que no triunfó por que la vida no les dejó hacerlo. Sin embargo lo que más me llamaba la atención no eran sus punteos ni sus alaridos para caldear al público: eran las miradas y gestos que dedicaba el cantante a mi padre, que no hacía más que negar con la cabeza.

    — Hay días en los que un concierto no es sólo un concierto —se arrancó el cantante tras el enésimo tema—. Hoy Los Clavos tiene la oportunidad de tocar como quinteto de nuevo.

Todo el mundo empezó a murmurar de expectación y mi padre miró al suelo y se revolvió en la silla.

    — Hoy somos cuatro, pero en origen nuestro grupo eran cinco personas. ¡Demos un fuerte aplauso a Xavi “el dedos”, el guitarrista que fundó nuestra banda!

La gente empezó a aplaudir sin entender, buscando a ese tal dedos fundador de Los Clavos. Yo también miraba en todas direcciones hasta que mi padre se levantó y, colorado como un tomate, se subió al escenario. Los cuatro Clavos se fundieron en un abrazo con él y yo no entendía nada. ¿Xavi “el dedos”? Mi padre se llamaba Javier Gutiérrez y era funcionario de correos.

    — Y para celebrar este feliz encuentro, vamos a pedirle que toque algo con nosotros, ¿verdad?

El público se había dejado llevar por la emoción y no iba a permitir que mi padre se bajase del escenario. De alguna parte la cayó una guitarra entre los dedos y sin darle tiempo a protestar el bajista atacó la siguiente canción. No le quedaba otra que tocar.

Cuando tuvo que entrar, un punteo suyo arrancó aplausos de tres mesas. Yo no me lo podía creer: jamás había visto a mi padre coger una guitarra. La gente entró al trapo de la nostalgia y alzó mecheros y copas al son del rasgueo de las cuerdas mientras “el dedos” cerraba los ojos y marcaba el ritmo con las chanclas. Javier Gutiérrez rejuvenecía como si cada acorde borrara una factura, una discusión, un madrugón para ir a repartir cartas. Como si todavía fuera Xavi, el melenudo al que se le ocurrió formar una banda y llamarla Los Clavos.

Cuando la música terminó, la gente se deshizo las manos en aplausos y a mi padre le brillaban los ojos. El resto del grupo le abrazó y ahora sí le dejaron bajar del escenario. Cuando llegó a mi lado olía a sudor, a cerveza y a gloria pasajera.

    — ¿Por qué lo dejaste? —le pregunté mientras Los Clavos seguían con otro tema.

    — Por tu madre. Por ti. Porque llega un momento en la vida en la que uno tiene que dejar de ver pasar el tiempo y hacer algo con él.

    — ¿Y no habrías sido más feliz con ellos?

    — ¿Y perderme veros crecer a ti y a tu hermano? —sonrió con un brillo apagado en los ojos que le duró un instante—. No me lo habría perdido por nada del mundo.

Y así fue como, por una noche, mi padre dejó de ser Javier Gutiérrez el de correos y pude conocer a Xavi “el dedos”, fundador de Los Clavos. Quién lo habría dicho.

 

Foto de portada: ©Pexels

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