Llega pronto, como todos los domingos. Saluda a la recepcionista, al enfermero, a la doctora y al auxiliar. Les pregunta cómo va, si ha habido algún avance, lo habitual. Después va a la habitación doscientos uno, la primera a la derecha, y saluda a su padre.
Él le espera como siempre: refunfuñón y quejica pero animado de ver a su hijo.
— Te he traído una película que creo que no has visto.
— ¿Una de vaqueros?
— Por supuesto. ¿La pongo a ver qué te parece?
Su padre asiente y se retrepa en la butaca a la espera de que los títulos de crédito corran por la pantalla. Centauros del desierto, se lee en letras grandes.
— Tienes razón, esta creo que no la he visto.
El hijo niega con la cabeza y sonríe.
— Pues a ver si te gusta.
La película avanza y al anciano se le van iluminando los ojos conforme los minutos van pasando. Ethan, Debbie, la persecución, los caballos, el polvo, los tiros… todo hace las delicias del pobre hombre, que parece encontrar en la inmensidad de las llanuras norteamericanas la libertad que le falta entre las cuatro paredes de su habitación.
— Buen tiro —susurra cuando John Wayne derriba a un enemigo de un disparo.
— Sí, buen tiro —repite su hijo sin dejar de mirarle.
Verles a ambos despierta una ternura extraña. Se parecen bastante, como la versión joven y vieja de la misma persona, pero mientras uno gesticula y boquea durante las escenas más violentas de la película el otro sólo mira a su padre con una sonrisa cargada de nostalgia.
Cuando la película termina, los ojos del anciano están empañados por la emoción.
— Muy buena película, sí señor.
— ¿Verdad?
— No entiendo cómo es posible que no la haya visto antes, con lo que me gustan a mí las películas de vaqueros.
— Bueno —suspira su hijo—. Lo importante es que la has visto ahora, ¿no?
— Sí. Me habría molestado mucho morirme sin verla.
La conversación no se dilata mucho más, ya que el auxiliar llega para llevar al anciano al comedor para cenar.
— Nos vemos la semana que viene, papá —le dice besándole en la frente.
— Sí, sí —responde su padre por encima del hombro mientras empujan su silla de ruedas fuera de la habitación—. Y tráeme otra película, a ver si encuentras una tan buena como la de hoy.
— Tenlo por seguro.
Cuando su padre se ha ido, él termina de recoger sus cosas y sale de la habitación. Fuera le está esperando el enfermero.
— ¿Otra vez Centauros del desierto?
— Otra vez. Era su favorita.
— ¿Pero por qué ponerle siempre la misma?
— Porque el día que me diga que no le ha gustado será el día que no quede nada de mi padre dentro de él.
El enfermero asiente, sin saber qué más decir. El hijo apunta una sonrisa y se despide.
— Nos vemos la semana que viene.
— Con Centauros del desierto.
— Por supuesto.
Foto de portada: ©Pexels
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Muy real…y una actitud positiva del hijo. Así es ..el dia que no le guste…..