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La guardia final

Ya no quedan voces en la sala común. Los corredores están mudos, sin el barullo seseante de los cientos de pasos camino de sus quehaceres dentro de la comunidad. Solo se escucha su respiración acompasada mientras arrastra, una a una, las piedras de cera que quedan. Sella cada estancia con cuidado reverencial, como si de ese gesto dependiera la salvación de todo su pueblo. Y es que, en parte, así es.

No estuvo cuando se produjo el ataque. Ella había salido a buscar provisiones a los márgenes del bosque, allí donde la tierra empieza a abrirse en claros hostiles. Fuera de su territorio. Demasiado lejos para oír los gritos de auxilio.

Fue un rumor lejano lo que le hizo volver: un eco de alas gruesas, señal amarga de la invasión. Pero cuando alcanzó la empalizada, todo estaba hecho. Ni un grito, ni un enemigo que abatir. Solo cuerpos, retorcidos, aplastados, saqueados. Un millar de hermanas muertas sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Ahora no queda nadie. Solo ella, apurando su última guardia para preservar la comunidad. Tiene aún reservas en su vientre y un poco de jalea clara, suficiente para alimentar las cámaras donde, si hay suerte, revivirá la semilla de lo que fueron.

No llora. No tiene tiempo. Hay grietas en los muros que debe reforzar antes de que la noche las abra con su cuchillo de escarcha. Dentro, los pocos vástagos que han sobrevivido se retuercen llorosos . La sala más profunda guarda a la Reina aún sin corona: su cámara reluce bajo la cúpula de cera, un hueco perfecto frente al que hará guardia hasta su último aliento.

Se detiene ahí. La contempla un segundo. Le limpia el rostro con un lametazo torpe. Le deja el último trago de jalea, denso pero lleno de esperanza. Sabe que, si ella despierta, habrá un nuevo amanecer para el enjambre. A eso consagra su silencio, su trabajo; la ofrenda de su propia vida para una Reina que jamás la conocerá.

Cuando acaba de sellar la entrada, se queda un momento quieta. Aspira el aire rancio de la colmena devastada, la miel que fermenta, el polvo de las alas muertas. No hay pena. No hay heroísmo. Solo un deber que nadie verá, una tumba de cera donde tal vez un día otra guardia despierte. Resopla y se relame las antenas resignada. Sabe que ese futuro no será el suyo.

Después de tomarse un momento para recuperar el aliento se dedica a retirar los cadáveres de sus compañeras de las cámaras principales y los entierra en los sótanos. No quiere que la primera visión del futuro de la colmena sea la de sus ancestros aniquilados a aguijonazos. Con la poca cera que consigue reunir sella el improvisado túmulo y sale al exterior notando la sombra de la muerte al acecho.

Su tórax negro y amarillo se agota. Afuera el frío muerde. Cualquier ruido parece el aleteo hostil de las avispas. Ella ya no importa. Pero dentro, en la cámara real, el trono aguarda la llegada de una Reina que aún no ha nacido.

 

Foto de portada: ©Pexels

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