Gabriel Solís era un genio literario. El nuevo Cervantes, un Borges unido a Márquez, un Vargas Llosa, un Orhan Pamuk. Con el talento de Alice Munro para los cuentos y la gracia de Louise Glück para la poesía. En menos de diez años había publicado su primera novela, El ocaso de las sombras, una trilogía posterior, dos poemarios, seis obras de teatro y decenas de artículos para revistas y periódicos. Era el fenómeno literario del siglo, y las tiradas de sus textos se contaban por cientos de miles desde la primera edición.
Su éxito era tal que universidades de todo el mundo le contrataban para ofrecer conferencias y dirigir seminarios sobre el proceso creativo, historia de la escritura, la palabra como medio de transmisión de ideas y otras grandilocuencias por el estilo. Todo el mundo estaba encandilado por ese joven que tras estudiar marketing y comunicación en una pequeña universidad se había destapado como el nuevo icono de la literatura internacional.
— Gabriel —le dijo un buen día su editor—. Tenemos una idea magnífica que te va hacer todavía más grande: queremos que escribas tu próxima novela en vivo.
A Gabriel se le cayó el alma a los pies.
— Imagínate: tú, el escenario, varias cámaras, una conexión en 4K retransmitida para todo el mundo y unas pocas butacas a la venta para los que quieran verte en directo. Por supuesto tendrás silencio y todas las cosas que necesites, desde un lugar donde descansar cada rato, comida, agua, libros para contrastar información…
El editor seguía hablando encantado con la idea, sin embargo Gabriel hacía tiempo que había dejado de escucharle. El corazón se le había acelerado y las palmas de las manos le sudaban. Estaba tan nervioso que apenas podía vocalizar una excusa coherente para evitar hacer eso que le proponían. Como conocedor del mundo del marketing tenía que reconocerlo, la idea era revolucionaria: una transmisión en la que el mundo entero vería al genio en acción. Gabriel intentó negarse, pero no podía rechazar la oferta sin levantar sospechas.
El anuncio fue todo un éxito, con todas las butacas vendidas en apenas unas horas. El público había enloquecido ante la idea de ver a su ídolo trabajar. Apenas unos meses después llegó el día: frente a miles de espectadores y cámaras Gabriel se sentó ante la pantalla. Sus manos temblaban sobre el teclado. Abrió un documento en blanco y ahogó las ganas de llorar que sentía. Porque Gabriel Solís podía ser muchas cosas en su vida, pero lo que jamás había sido era un escritor.
Todo empezó como una prueba, una idea de una tarde cualquiera frente al ordenador y una inteligencia artificial abierta en el navegador. Primero preguntó sobre qué podía escribir, lo que resultó en respuestas de toda índole. Después el cómo: número de capítulos, número aproximado de páginas, etc. Y por último la prueba de fuego, el inicio del primer capítulo. Primero un párrafo, luego otro, después otro… Un año después el libro era un éxito: lectores y expertos desentrañaban simbolismos y estructuras narrativas que Gabriel ni siquiera entendía. Cuando ganó el premio más prestigioso del país, supo que estaba atrapado. Si alguien descubría su secreto, su carrera quedaría destruida.
Y allí estaba él, sentado frente a una pantalla en blanco y miles de ojos esperando a que teclease las primeras palabras.
El cursor parpadeó.
El sudor le corrió por la frente.
La realidad le cayó sobre el pecho con la fuerza de un tren sin frenos: no sabía escribir. Nunca había sabido.
El público esperó. Un minuto. Dos. Diez.
Nada.
El fraude había terminado.
Foto de portada: ©Pexels
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Joer que nervios, se me ha puesto el corazón a mil a mí. En el fondo me da pena del pobre desgraciado.
Muy chulo el relato, no se de dónde sacas tanta imaginación.
Un abrazo