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El viejo ojeador

Cada tarde, a las cinco, Ernesto se sienta en su vieja mecedora junto a la ventana. Desde su atalaya y armado con unos prismáticos observa el campo de fútbol del barrio, donde jóvenes entusiastas juegan entre gritos y risas. Aunque sus ojos ya no ven con la claridad de antaño, su instinto sigue alerta. Detectar talento siempre fue cosa innata en él, y quien tuvo retuvo tanto en intuición como en ganas de encontrar una nueva estrella.

Hace semanas que ha estado observando a un muchacho en particular. Delgado pero ágil, buen control de balón, disparo algo impetuoso pero fácilmente corregible y una visión de juego que le recuerda a aquellos prodigios que descubrió hace años. Ernesto ha tomado nota de sus movimientos, de su precisión al pasar, de la manera en que anticipa cada jugada antes de que suceda. No se trata solo de habilidad, sino de algo más. Ese chico tiene algo diferente al resto, un talento innato para el fútbol.

Ernesto vivió siempre por y para el deporte rey. En las tres habitaciones de su casa guarda cientos de recortes de periódico, trofeos cedidos por aquellos jugadores a los que descubrió, camisetas firmadas y mil recuerdos de sus muchos años de actividad. Sin otra familia que las cintas de vídeo enviadas por distintos equipos para que echase un ojo a sus jugadores, toda su existencia ha girado en torno a balones, campos de grava y césped y chicos con sueños que cumplir.

Durante el descanso del partido escucha los gritos de las aficiones de los equipos, tan distintas a las de las grandes ligas: son más puras, inocentes, desconocedoras de la crudeza del negocio del fútbol. Es entonces cuando se acuerda de los muchachos que se quedaron por el camino. Aquellos a los que su carácter, un mal movimiento dentro del mercado o una entrada a destiempo les desterraron del planeta fútbol. Algunos duelen todavía como si los tuviera delante, obligándole a apartar la vista del campo e ir a la cocina a hacerse un té.

Las vueltas de la taza en el microondas le recuerdan a las carreras de los jugadores, encerradas en sus propias paredes de metal esperando que la puerta se abra y un contrato, una titularidad, un gol, aparezcan al otro lado. Eso le hace pensar en los viajes interminables, las noches frías en estadios casi vacíos, la emoción de encontrar un diamante en bruto y la satisfacción de verle triunfar. ¿Y si ese muchacho al que ha echado el ojo tiene la misma oportunidad?

El sol comienza a ocultarse cuando el partido llega a su fin. El joven se sienta en el borde del campo, secándose el sudor de la frente antes de ponerse a recoger el equipo junto con el entrenador. Ernesto percibe una educación seria, disciplina, trabajo en equipo… Son detalles que muchos pasan por alto, pero que para él marcan la diferencia entre un jugador de recorrido o un simple fuego artificial.

De pronto, se decide. Se levanta con esfuerzo y camina hacia su escritorio. Sus manos temblorosas marcan un número en el teléfono. La voz al otro lado responde con sorpresa y emoción. Es un viejo amigo, aún activo en el mundo del fútbol.

   — Tienes que venir a ver a un chico —dice con convicción—. Es especial.

Desde la ventana, observa cómo el muchacho se separa del grupo tras haberse despedido de todos sus compañeros junto con un hombre, una mujer y un niño pequeño. Sus padres, imagina. Tener una familia que le apoye y le acompañe en el camino también ayudará a su carrera.

Con una sonrisa satisfecha, Ernesto sabe que hoy ha hecho algo importante. Tal vez su ojo clínico haya encontrado, una vez más, una futura estrella.

 

Foto de portada: ©Pexels

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