El sendero que seguimos parece no haber sido pisado en mucho tiempo.
— ¿Estás seguro de que es por aquí?
— Completamente —responde burlón el súcubo—. No hay otro camino.
Los pies me arden dentro de los zapatos, mezcla del dolor de arrastrarlos entre piedra y ceniza y el calor del suelo. Un calor que, o mucho me equivoco, o cada vez es más denso. Estamos descendiendo, si es que eso es posible en el Infierno.
Poco a poco una pared empieza a vislumbrarse entre las sombras y, en ella, una grieta hacia la que el súcubo me dirige. Cuando estamos cerca tropiezo con una especie de trozo de madera que me hace caer al suelo. Apago una maldición que quiere escapar entre mis labios y me giro para ver qué es lo que me ha hecho caer. Entre las piedras del suelo puedo entrever una inscripción grabada en una placa de madera que me hiela la sangre:
Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis
— El verdadero Infierno empieza ahora, exorcista.
Consigo levantarme y señalar a mi alrededor.
— ¿Es que esto no es el Infierno?
— Sólo la parte superficial. No son nueve círculos como dijo Dante, pero siempre se puede ir más abajo.
Siempre más abajo, repito para mí. El Infierno parece un lugar insondable, tan extenso y profundo como el Mal que lo habita.
— Dime, exorcista… ¿de verdad estás dispuesto a arriesgar tu vida por recuperar tu alma? ¿Tan importante es?
— Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu —recitar las escrituras me da ánimos en este maldito lugar—. No espero que un demonio como tú lo entienda.
Su rostro angelical se curva en una sonrisa socarrona. De no ser por su lengua bífida podría ser un ángel. Después toma mi mano haciendo que el corazón me de un vuelco y tira de mi hacia la grieta de la pared, obligándome a asomarme al vacío negro que hay al otro lado.
— Escúchame bien, exorcista: esta es la entrada al Tártaro, la parte más profunda, más oscura y más peligrosa del Infierno. Ningún mortal ha salido de aquí con vida, así que si quieres ser el primero te aconsejo que hagas todo lo que te diga.
— Todavía no sé si puedo fiarme de ti. No dejas de ser un demonio.
Entonces se acerca mucho, pegando su cuerpo al mío de forma lasciva para hablarme al oído.
— Créeme exorcista cuando te digo que soy lo único que te mantiene con vida —después me mira a los ojos y me guiña un ojo—. Me caes bien, ¿recuerdas?
Apenas puedo mantener la mirada sin que me tiemblen las rodillas ante su belleza. Jamás he sentido algo así en mi vida.
— Vamos —consigo susurrar con un hilo de voz—. Guíame.
El súcubo sonríe de nuevo cruza la grieta. Ahora es mi turno. Un nuevo salto de fe. Un nuevo reto que superar. Miro a mi alrededor despidiéndome de esa parte del Infierno que no parece tan peligrosa ahora que voy a abandonarla.
Rezo una breve plegaria, me santiguo y doy un paso hacia la oscuridad.
Foto de portada: ©Pexels
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Joer que miedo desde la mañana del domingo. Hay que ir a misa y quitarse esos pensamientos. A ver si duermo está noche.
Gracias por tus relatos.
Un abrazo