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Qué mayor está

No recuerdo exactamente la primera vez que lo dijeron sobre mí. Supongo que sería una vecina, o un pariente lejano… alguien que hacía mucho tiempo que no me veía y que no pudo por menos que soltar un: ¡qué mayor está!

Con el tiempo aprendí que esa frase iba ligada a una cara, a un gesto. Es un gesto de sorpresa, casi de admiración, con los ojos y la boca muy abiertos y una sonrisa apuntada en los labios. La mueca es alegre, de complicidad con los padres de la criatura, y al mismo tiempo de ánimo para el niño que la escucha. Qué mayor está, tanto en palabra como en gesto, es algo que siempre gusta y que anima a todos los que lo oyen. Es algo que indica que todo va bien.

Con el tiempo me di cuenta de que la frase no tenía por qué ser siempre agradable para todo el mundo. ¿Por qué sé esto? pues porque lo seguí escuchando durante mi adolescencia y temprana adultez cuando paseaba con mis padres, o cuando volvía de estudiar en Navidad o verano y nos encontrábamos con algún amigo suyo ante el que me presentaban otra vez porque no me reconocía. Escuchar lo mayor que estaba, como si siguiese siendo un crío, me fastidiaba. Ya era mayor, salía y entraba como quería, podía beber, conducir, votar… y seguía sorprendiendo porque ¡qué mayor está! ¿Cómo iba a estar si no?

Pasaron los años y la frase cambió de significado otra vez. O al menos mi reacción hacia ella. Y es que con el tiempo empezaron a decírmelo al ver a mis hijos crecer: los ojos volvían a abrirse mucho, los labios apuntaban una sonrisa, y las palabras alegres indicaban que todo iba bien. Ahí el orgullo de padre me hacía hincharme como un pavo y pasar mi mano por la cabeza de mis hijos.

Ahora las cosas han cambiado. Mis hijos ya tienen su vida, mi mujer ya no está y yo me he quedado aquí, viendo cómo el tiempo deja su marca en mi mente y en mi cuerpo. Y he aprendido que ¡qué mayor está! es una frase de doble filo: el otro día me encontré con una prima lejana a la que hacía mucho tiempo que no veía. Ella es bastante más joven que yo e iba acompañada por su marido; y según se acercaban pude ver cómo se miraban de soslayo y pronunciaban esas tres palabras sin dirigirlas a mis hijos ni a ningún otro joven. Ese ¡qué mayor está! Iba dirigido a mí, y si bien los ojos estaban muy abiertos, la boca no apuntaba ninguna sonrisa, ni había un gesto amable, ni indicaba que todo iba bien.

Esa noche, al quedarme solo, intenté recordar la primera vez que escuché la frase. No lo conseguí. Sin embargo me di cuenta de que, de alguna forma, en esas tres palabras está encerrado todo el ciclo de la vida. Que esa expresión es una especie de saludo al tiempo que ha pasado. Y que la alternativa es mucho peor, así que bienvenido sea estar mayor a todas las edades del mundo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «Qué mayor está»

  1. Cuanta razón, como cambia el sentido a medida que pasan los años. En cuanto empiezan a descolgarse los músculos y se nos empiezan a salir esos pelos odiosos de la nariz, y de las orejas, hacia el exterior te das cuenta que este cronómetro no para.
    Gracias por tus relatos.
    Un abrazo.

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