El siete de enero la ciudad despertó como si hubiera recuperado la memoria. Los balcones que hasta la víspera habían titilado con luces de colores volvían a su aspecto gris habitual; parecía que las semanas anteriores habían sido solo un espejismo. Los centenares de bombillas, imprescindibles para sentir el espíritu navideño, ahora pendían apagadas y tristes como una metáfora de la absurda euforia que arrastraba a la gente cada diciembre.
En las semanas anteriores las luces habían sido una fiebre. En cada esquina bombillas en forma de estrellas, cascadas y renos brillaban con violencia disputándose la atención de los transeúntes. No había respiro: las grandes avenidas con sus guirnaldas en farolas y edificios, las plazas con regalos de colores y bolas gigantescas, destellos que invadían las ventanas desde los interiores de las casas… un caos visual sin sentido alguno salvo para los niños, los necios y los comerciantes.
Todo esto lo pensaba Jaime mientras observaba las calles aledañas desde su balcón. Durante las últimas semanas chispazos de todos los colores habían brotado desde los hogares de sus vecinos como si compitieran por un premio invisible. Ninguna luz adornaba el balcón de Jaime. De hecho nunca las había puesto, y no por ser un aguafiestas como muchos pensaban, sino porque para él todo ese despliegue era un grito desesperado de atención, una forma de llenar con color las grietas emocionales que diciembre dejaba al descubierto.
Desde su puesto de observación, Jaime veía con cierto placer cómo los vecinos se apresuraban a desmontar sus decoraciones. El vecino del Papá Noel inflable luchaba con un cable maldiciendo al intentar meterlo en la caja, y en el tercero un padre gritaba a sus hijos por enredar las luces del árbol. ¿Y todo, para qué?, pensaba Jaime mientras sorbía su café. El inflable no había logrado que su dueño se reconciliara con su hermano, ni que su esposa dejara de estar siempre al borde de las lágrimas, y en el tercero los gritos a los niños eran cosa habitual tanto en Navidad como en cualquier época del año. Las luces eran solo un parche de luz sobre una oscuridad profunda y humana.
A medida que pasaban los días la ciudad recuperaba su rostro habitual. Las noches, antes saturadas de colores artificiales, recuperaban sus tonos anaranjados, oscuros y serenos. Los edificios dejaban de competir entre sí y volvían a ser lo que eran: estructuras funcionales, un refugio para quienes habitaban en su interior. Jaime respiraba aliviado.
Había algo liberador en este retorno a la normalidad. Sin luces, sin música repetitiva ni decoraciones que gritaban una felicidad de cartón piedra, la ciudad podía volver a ser honesta consigo misma. Los problemas seguían ahí, claro, pero al menos ya no estaban enterrados bajo una capa de brillo impostado.
— Por fin se ha acabado —susurró Jaime al ver cómo los operarios del ayuntamiento se llevaban los últimos ornamentos de su calle—. Sólo quedan once meses antes de que se termine la calma.
Foto de portada: ©Pexels
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Jajajaja asi es, once meses hasta las próxima locura. Parece que, a medida que pasan los años, los once meses parecen menos. Yo estoy por los cinco o así, se pasan volados.
Muy apropiado.
Un abrazo