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El ascensor de la sexta planta

Cuando llegué a mi nuevo trabajo estaba pletórica. Acababa de cumplir veinticinco años, con mi máster recién terminado y vislumbraba un prometedor futuro en una de las consultoras más importantes del país. Además, para ser una junior sin experiencia las condiciones laborales eran inmejorables, con buen sueldo, posibilidad de coche de empresa y un montón de pluses que serían la envidia de mis compañeros de la facultad si algún día tenía la oportunidad de contárselo.

La sede de la empresa estaba ubicada en una torre de oficinas llena de gente trajeada, olor a colonia cara, plantas exóticas, suelos impolutos y mesitas bajas de madera. Allí llegué yo con mi mejor sonrisa dispuesta a que en el mostrador de la entrada me dijeran a qué planta tenía que ir, me diesen mi identificación y me aceptasen como una empleada más.

El ambiente era muy bueno, y según me habían contado había mejorado bastante desde el reciente fallecimiento del antiguo jefe de personal, el señor Antúnez. Al parecer era un trabajador implacable que no pasaba una y que sólo vivía por y para la empresa. Sin familia, sin amigos, sin ninguna relación más allá de su entrada en el edificio a las seis y cuarto de la mañana y su salida a las siete y diez de la tarde. Todos los días. Todas las semanas. Implacable. Tanto que nadie le echó en falta durante cuatro días hasta que se lo encontraron muerto en el baño de su despacho de la sexta planta.

En el recibidor había tres grandes ascensores frente a los que la gente se agolpaba para subir a sus oficinas, pero pronto me di cuenta de que, de los tres, el de la derecha del todo siempre acababa mágicamente vacío. Y yo, como buena novata que era, lo agradecía. ¿Por qué juntarme con el resto de la gente pudiendo subir yo sola en el ascensor de la derecha? Pero claro, alguna razón habría para que siempre acabase como única usuaria de ese ascensor…

La respuesta la obtuve sin esperarla al mes y poco de haber empezado a trabajar: fue en una tarde en un afterwork con dos compañeros, y ni siquiera fui yo la que sacó el tema.

  — Son cosas que pasan —dijo uno de los dos muy animado—. Como el ascensor de Antúnez.

  — ¿El ascensor de Antúnez? —pregunté yo.

  — Eso es.

  — ¿Qué ascensor es ese?

Y entonces fue cuando me enteré de que Antúnez siempre usaba el ascensor de la derecha, y que desde su muerte ese ascensor siempre se paraba en la sexta planta. Al principio me pareció una estupidez, pero luego hice memoria y caí en que tenían razón: siempre que cogía ese ascensor había hecho la parada en la sexta planta. Yo había pensado que alguien lo habría llamado y que finalmente no se habría subido, pero… ¿y si hubiese otra razón? Nunca he sido de creerme esas historias tan creepys de fantasmas, sin embargo otra cuando hablé con los de mantenimiento me dijeron que no entendían por qué el dichoso ascensor siempre paraba en la sexta planta.

Decidida a no hacer caso a las creencias de mis compañeros seguí subiendo sola en el ascensor de la derecha pero, igual por sugestión mía o igual no, cada vez que me quedaba encerrada entre esas cuatro paredes notaba cómo el aire estaba más frío allí dentro, y casi podía ir un ruido de hojas al pasar, como si alguien estuviese repasando un informe a mi lado. Incluso, en algún momento, podría jurar que escuché una leve respiración a la altura de mi hombro.

Desde entonces soy una de las personas que se amontonan ante los ascensores del centro y la izquierda, sintiéndome mejor al verme protegida por la multitud. Hoy he visto a un chico jovencito mirarme extrañado al ver que no cogía del ascensor de la derecha. Le dejaré que disfrute de la comodidad de ir completamente solo durante unos días. Que Antúnez se sienta acompañado antes de que, tarde o temprano, vuelva a quedarse con su ascensor para él solo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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