Ya llevaba mucho tiempo barruntándolo, pero no fue hasta que mi padre murió que pude corroborar mis sospechas. La primera pista fueron los comentarios de sus amigotes de toda la vida, los que le conocían desde mucho antes de mi nacimiento. Estudiaron juntos, viajaron juntos, hicieron cosas totalmente impensables juntos… su juventud cayó en un tiempo de menos leyes y más dificultades para perseguir a los que se las saltaban, algo que recordaban cada vez que se sentaban en corrillo y alguna historia a media voz hacía que todos estallasen en carcajadas.
La segunda pista fue un álbum de fotos que apareció por su casa cuando la limpiamos antes de venderla. Entre todos los recuerdos de mi infancia y la de mis hermanos, el reportaje de su boda con mi madre, vacaciones y cumpleaños apareció un librito pequeño y ajado lleno de instantáneas de un chico jovial y sonriente que se parecía mucho a mi padre. Las pintas setenteras eran infames, pero sus poses alocadas, las chicas a las que cogía por la cintura y los cigarros demasiado gruesos para llevar sólo tabaco delataban las mismas ganas de vivir que tuve yo a su edad.
La tercera pista, quizá la más innecesaria pero la más definitoria, fueron las preguntas. Las que hice yo a esos amigotes con la copa que tomamos después del funeral de mi padre. Con los ojos vidriosos por la pérdida y el alcohol, las lenguas se soltaron y de alguna forma conseguí cambiar las historias lacrimógenas por otras mucho más divertidas. La de mi padre pegándose él solo con cinco tipos borrachos que querían robarle una guitarra. O la de una novieta por la que perdió la cabeza con quince años, tanto que le robó el coche a mi abuelo y se fue a buscarla a casa en primera y sin pasar de quince por hora.
Ahora, cuando veo las miradas que me lanzan mis hijos y pienso en mi padre me doy cuenta de lo injusto que fui con él tantas y tantas veces. Suena a cliché, pero es así. Porque como hijos pensamos que nuestros padres llegaron a la vida adultos, serios, responsables y severos. Que sólo es cuestión de verles marchitarse un poco cada día hasta tener que cuidar de ellos. Yo miro a mis hijos y supongo que pensarán así de mí, como lo hice yo de mi padre. Y eso hace que, pese a que hace muchos años de que ya no está con nosotros, me sienta más unido a él que nunca.
Foto de portada: ©Pexels
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Sniffff!!!! Que bonito. Así es la vida.
Me ha gustado tu relato, como siempre. Eres un crack.
Un abrazo