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El chico al que vi llorar

Y entonces doblo la esquina y le veo a lo lejos, qué casualidad. Son las cosas de haber nacido en una ciudad pequeña, que es fácil encontrarse con la gente aunque sólo vayas de visita muy de vez en cuando. Lleva en los hombros a una niña pequeña, de unos tres años, rubia como él, o como él fue en otro tiempo. Ahora el pelo se le jaspea de blanco, y donde antes había una melena lacia y densa peinada hacia atrás se aprecia la amenaza de una alopecia galopante. Y aun así está guapo. Siempre fue muy guapo.

Encontrármelo hace que el corazón me de un vuelco y, lo reconozco con cierta vergüenza, me cambio de acera con tal de evitar el cara a cara. No entiendo qué me lleva a comportarme así, pero para cuando quiero hacer acopio de valor mis piernas ya están caminando por mitad de la carretera hacia lugar seguro. Nunca he sido una valiente.

Desde mi pequeño fortín de coches aparcados en batería y farolas bajas puedo observarle mejor. A su lado va una mujer menuda y sonriente, que le mira como imagino que todo hombre quiere que le mire su esposa: con una mezcla de orgullo, ensoñación y picardía. Como yo nunca pude mirarle. Según se acerca, pese a la distancia que nos separa, puedo ver las arrugas que se le forman entre el borde del ojo y la comisura de la boca, y me pregunto si mis arrugas serán tan visibles para el resto de la gente.

Me dicen, porque en las ciudades pequeñas es imposible no oír hablar de cualquiera aunque no quieras hacerlo, que le va bien. Muy bien de hecho. Que trabaja en una empresa importante de una ciudad importante. No sé si me lo cuentan por picarme o simplemente por conversar, pero poco me importa.

Si soy sincera no sabría decir qué siento al verle. ¿Miedo de encontrarnos de nuevo? No mucho. ¿Vergüenza? La suficiente para hacerme cambiar de acera, pero tampoco va por ahí. Quizá no huya por mí, sino por él también. Por ahorrarle el mal rato de mirarme a los ojos y recordar lo mal que acabó todo. Revivir, si es que no se ha olvidado, esa madrugada fría y sin nubes en la que sólo se oían sus sollozos en la calle mientras me daba la vuelta y le dejaba para siempre porque sabía que, por mucho tiempo que pasase, jamás podría mirarle como le mira su mujer ahora.

Cuando ya casi voy a perderle de vista veo que se paran dos hombres a hablar con él; amigos o conocidos o lo que sean. Por encima del hombro observo cómo le palmean el hombro y le dan la mano como si fuese un triunfador, alguien que lo ha logrado todo en la vida. Me encantaría poder verle así también, alegrarme por él y por lo bien que dicen que le va, sin embargo no puedo. Para mí jamás será el padre de familia y gran profesional que ve la gente. Para mí sólo es mi exnovio Gabriel, el chico al que vi llorar.

 

Foto de portada: ©Pexels

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