Llevaba una semana perdido en un pueblo en medio de la nada sin poder hablar con ella. Desesperado por poder oír su voz aunque sólo fuera unos segundos. No me parecía justo que, después de tres años de soltería, me enamorase de nuevo y al poco me enviasen por trabajo literalmente al otro lado del mundo. Estábamos en 2008 y sin internet en el móvil, ni Wifi en el apartamento, ni nada de nada, sólo podía entretenerme con el trabajo, un libro para leer y el recuerdo de su sonrisa.
Encima era otoño, un otoño frío y lluvioso como no he conocido otro. O quizá era mi humor el que estaba frío y lluvioso y por eso el mundo se volvía más gris a mi alrededor. No lo sé. En la pantalla de mi teléfono veía el icono azul de Skype deseoso de poder establecer una conexión con ella, de aliviar el desasosiego que crecía en mi interior cada día, sin poder hacerlo al estar en medio de ninguna parte.
La verdad era que los compañeros me trataban bien: sabiendo que era extranjero y acababa de aterrizar allí se volcaron en hacerme la vida más fácil y no dejarme solo. Todo un detalle por su parte, pero yo la única compañía que anhelaba era la de ella. Tan guapa y tan lista, con la arruga que se le formaba en el lateral de la mejilla al reír. Apenas dos meses a su lado me habían servido para darme cuenta de que era la mujer que quería tener junto a mí el resto de mi vida.
En mi desesperación por saber algo de ella me dediqué a vagar por las calles móvil en ristre con la vana esperanza de encontrar una red wifi abierta que me permitiera, al menos, mandarle un pequeño mensaje; un correo electrónico quizá, que sirviese para hacerle ver que a pesar de la distancia no me había olvidado de ella.
Pasé por delante de casas y tiendas, de empresas y edificios gubernamentales. Nada. En ningún sitio encontré solución a mi problema. Además empezaba a llover. Estaba ya a punto de volverme para casa cuando di con un edificio de la universidad: una biblioteca. No podía entrar porque no era alumno inscrito, pero con un poco de suerte…
¡Sí! ¡Había una conexión Wifi a la que podía conectarme! La señal no era muy buena, pero si no me pedía autenticar la conexión… ¡Me dejaba! ¡Podía entrar en internet!
Miré el reloj y calculé la hora que era en casa. No era demasiado tarde y con un poco de suerte ella estaría atenta al Skype. Abrí la aplicación, me coloqué bajo un árbol para no mojarme demasiado y esperé a que se estableciese la llamada. Fallo de conexión. Volví a intentarlo. Nada. Sin embargo a la enésima por fin conseguí que sonara tono. ¿Lo cogería? Cada segundo era una tortura fría de lluvia y viento.
Y de pronto el vendaval cesó, y la lluvia se evaporó en el aire, y el sol reinó de nuevo en el horizonte.
Y una calidez salió del centro de mi pecho hacia mis extremidades en el momento en el que escuché su voz hablándome con tanta necesidad de mí como tenía yo de ella.
Foto de portada: ©Pexels
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