Hace rato que dejé atrás a Hécate, y con ella se quedó la última brizna de aire limpio. Ahora sólo respiro vapores sulfurosos, calor, fuego y peste; muerte es lo único que hay a mi alrededor. No veo cadáveres, pero los siento cerca: las almas torturadas, los pecados infames pudiendo cada roca; los gritos mudos de auxilio que brotan de los cráteres del suelo. He llegado al infierno y no hay palabras para describir la inmundicia moral que intenta adherirse a mi espíritu.
Oigo murmullos y castañeteos de dientes, pero no veo a nadie. No hay luz y sin embargo puedo ver dónde coloco cada uno de mis pies. Mi piel arde de calor, pero siento que mis entrañas están congeladas. ¿Qué clase de ser demoníaco es capaz de llevar a cabo tamaño embrujo? Cuídame, oh Dios, porque en ti busco refugio. Aquí abajo apenas tengo fuerzas para pronunciar esas palabras.
– ¿Quién hay ahí?
La voz me pilla de sorpresa, haciéndome sudar todavía más. Tardo un poco en saber de dónde ha venido, y más aún en darme cuenta que la lengua en la que me han hablado es latín. En el siguiente recodo del camino un anciano con pelo y barba largos, sucios y grises camina con dificultad.
– Extraño atuendo el tuyo —dice cuando está suficientemente cerca—. ¿Qué clase de criatura eres que llevas esos ropajes?
Le miro largamente antes de responder, pues si mi ropa le parece extraña la suya no lo es menos. Lleva una especie de túnica raída y sin apenas color, y una gruesa cadena de hierro colgando del cuello.
– Soy un sacerdote, y visto como tal.
– ¡Qué sorpresa! —el anciano abre mucho los ojos—. ¿A ti también te han condenado a vagar eternamente por el infierno?
– ¿Es que tú también eres un hombre de Dios?
Mi pregunta parece confundirle, obligándole a pensar antes de responder. Hace un gesto extraño con la cabeza, que me permite ver la enorme llaga que la cadena le produce en la nuca.
– Lo soy, o al menos lo fui —termina por decir—. Mi nombre es Arrio, no sé si has oído hablar de mí.
– ¿Arrio el hereje?
Media sonrisa se dibuja entre las mil arrugas de su rostro.
– Me temo que sí. Arrio el exiliado, Arrio el excomulgado, Arrio el de la muerte humillante…
– Conozco bien tus enseñanzas. Van en contra de todo en lo que los católicos creemos.
– Ah, claro… Déjame preguntarte, aprovechando que estamos en este lugar… ¿crees poder entender a Dios? El mensaje de Cristo está claro, pero… ¿es acaso Dios mismo?
– ¡Pues claro!
– Lo afirmas sin siquiera preguntártelo, eso es que hicieron un buen trabajo contigo…
– Dudar de Dios es signo de debilidad, de la presencia del Maligno.
– Y sin embargo aquí estamos —dice señalando la inmensidad oscura que nos rodea—. Dudar es simplemente un rasgo humano, querido amigo. Signo de nuestra propia limitación. Yo los vi a todos, tan seguros como tú del dogma, ladrando como perros ante cualquiera que osase hacer tambalear su teología.
– Pero la Iglesia…
– La Iglesia es un invento del hombre, nada más. Dios no creó los templos, fuimos nosotros. Nunca lo olvides.
En ese momento, Arrio parece mucho más viejo de golpe.
– ¿Y por qué estás aquí entonces?
– Ah, eso sólo Dios lo sabe. Por el momento debo seguir mi camino y cumplir con la condena que se me impuso.
– ¿Y cuál es tu condena?
– Vagar —se encoge de hombros—. Caminar eternamente por el infierno viendo sufrir tormentos indescriptibles a aquellos cuyo pecado fue mayor que el mío. Ahogarme cada minuto en este aire podrido y caliente sin descanso hasta que Dios decida perdonarme.
Una mueca lastimera apareció en su rostro antes de darme la espalda. Quise ofrecerle alguna palabra de consuelo, abrazarle y decirle que sus pecados quedaban perdonados, pero una ráfaga de aire sulfuroso provocó que mi gesto quedase atrapado en una arcada.
– Háblale de mí si llegas a verle, exorcista —habló por encima del hombro a modo de despedida—. Y dile que sigo creyendo en Él. Que el único pecado que cometió Arrio fue el de la duda, pero que sigo llevándole en mi corazón…
Foto de portada: ©Pexels
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