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Hécate

Hace rato que la Muerte se ha ido, pero su tufo infecto todavía me hace difícil respirar. A cada paso que doy siento más el calor en los pies, subiéndome por la piel hasta la cabeza. En un recodo del camino veo una grieta rojiza y, a su lado, a una mujer portando dos antorchas negras. Sé que me ha visto, pero antes de acercarme trato de identificarla.

    – Adelante, exorcista —su voz es suave y, aunque habla una lengua que sé que no conozco, de alguna manera entiendo lo que me dice—. Dime, ¿sabes quién soy?

Doy dos pasos hacia ella y mis lecturas de historia antigua me ayudan a responder.

    – Eres Hécate,.

Que la reconozca parece halagarle, pues una sonrisa se le escapa por la comisura del labio. Entonces es cuando se levanta, iluminando toda la gruta con sus dos antorchas. Es mucho más alta que yo, y su piel es del mismo color oscuro que la roca que nos rodea.

    – Estás causando un gran revuelo. Hacía mucho que no pasaba algo así.

    – ¿Eso es bueno o malo?

    – Eso es —vuelve a sonreír enigmática—. Las cosas simplemente son. Sois vosotros, los humanos, los que os empeñáis en otorgarles un sentido.

    – La curiosidad está en nuestra naturaleza.

    – Pregunta entonces.

Si Hécate hubiese querido ya estaría muerto, así que decido aceptar la invitación.

    – ¿Qué hace una diosa griega aquí abajo?

    – Aquí las cosas funcionan como ahí arriba, exorcista, el poder lo da la gente que te sigue. La muerte de las religiones antiguas no lleva a la desaparición de sus dioses, simplemente les otorga tareas menos agradables. Por eso estoy aquí abajo, guardando una de las puertas del infierno para que otros hagan el trabajo que yo hice en su momento.

    – Tiene que ser difícil.

    – De nuevo esa manía de buscar sentido a las cosas.

    – Sólo trataba de entender.

    – ¿Entender a una diosa venida a menos? —suelta una carcajada que rebota mil veces en la gruta—. Nací antes de que tu mundo existiera y lo sobreviviré. No tienes capacidad para entenderlo, exorcista.

    – Pero…

    – ¡Suficiente! —las dos llamas refulgen amenazadoras haciendo vibrar los ojos de la diosa—. Debes seguir tu camino si esperas recuperar aquello que buscas.

    – Mi alma.

Hécate asiente seria.

    – ¿Cómo puedo hacerlo?

    – Sigue adelante. No hay otra forma.

Una nube de calor sale de la gruta rojiza que guarda la diosa.

    – ¿Qué me espera ahí abajo?

    – Todo lo que podrías llegar a temer, e incluso más.

Si me quedase saliva en la garganta la tragaría asustado.

    – Sigue adelante, exorcista. Y recuerda que fue Hécate la que te permitió el paso.

No sé qué responder a eso, de modo que asiento y con mucho cuidado me acerco a la gruta. El vapor de azufre que la rodea reconfirma lo que ya sé: que voy a meterme de cabeza en las entrañas del infierno.

 

Foto de portada: ©darksouls1

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