Todo empezó hacía tanto tiempo que ni se acordaba. Tuvo que haber un principio, como con todo, pero poco importaba ya: la obsesión por mirar durante horas la pantalla de su móvil escudriñando las vidas de los demás se había convertido en lo único que hacía fuera del trabajo. Siempre con la mano cerca del teléfono. Siempre con el ceño fruncido. Siempre sufriendo.
Ahí estaban todos. Podía asomarse a la vida de los demás con la misma facilidad que miraba por la ventana. Amigos, familiares, compañeros de trabajo, antiguos amores, e incluso completos desconocidos. Con un simple gesto podía ver sus vacaciones, sus celebraciones, sus escapadas románticas… Fotos y vídeos, en definitiva, que mostraban una forma de vivir muy superior a la suya.
La envidia floreció rápidamente, pero pronto fue devorada por la obsesión y la tristeza. A todo el mundo le pasaban cosas buenas; todo el mundo tenía vidas mejores. Hoy a alguien le daban un ascenso, mañana otro salía a cenar con su mujer demostrando que su amor era puro y eterno y pasado un tercero empezaba sus vacaciones en una playa paradisíaca. Visto así, su propio trabajo se le antojaba insignificante, su relación de pareja vacía y el apartamento en la playa que había alquilado horrible.
Esa forma de ver la vida, juzgándola por lo que el resto mostraba de las suyas, fue consumiéndole poco a poco. No se daba cuenta de que ni había hecho nada para merecer un ascenso ni siquiera lo quería, su novia era encantadora y el apartamento en la playa era fantástico. Ya no era capaz de verlo. A cada instante aparecía una nueva publicación con la que compararse, y siempre mostraba una vida mejor que la suya.
Su novia le dejó cuando comparó por enésima vez su relación a las fotos y vídeos que contaminaban su mente. De sus amigos se apartó él mismo, molesto por ver cómo vivían mejor que él sin invitarle a los fantásticos planes que organizaban. Y en la oficina acabaron teniéndolo por un ser odioso que siempre estaba quejándose de la falta de oportunidades para ascender. De seguir así, pronto le despedirían.
Ver el mundo reducido a las publicaciones de la gente sólo le permitía acercarse a esa parte luminosa de sus vidas, preocupado como estaba por compararse con ellos a toda costa. No para mejorar, ni para utilizarlo como motivación para crecer personalmente. Sólo para quejarse y pasar a la siguiente publicación. Sin darse cuenta de que, en el mundo de las redes sociales, el filtro más importante es el que impide mostrar las miserias a las que se enfrenta cada un todos los días.
Foto de portada: ©Austin Distel
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Realidad del presente…muy peligrosas…