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Tres días después

Tres días. Tres días de ayuno, de rezo y recogimiento. De reflexión y búsqueda. Tres días para reencontrarme con mi vocación, para reforzarla. Mi único alimento ha sido la fe; la fe y la comunión que me ha otorgado puntualmente el padre Salinas, que está a cargo de la residencia que he convertido en mi cuartel general hasta que resuelva este caso.

Es curioso cómo el mundo detectivesco y el del exorcismo se parecen a veces. Lo humano y lo divino tienen esas dobleces comunes que demuestran que Dios tiene sentido del humor. Puede que a veces no nos haga gracia, pero lo tiene. Al rezar mi último rosario y colocarme el alzacuellos no puedo evitar sentirme como el protagonista de alguna de esas películas policíacas, una especie de Sherlock Holmes del mundo espiritual. Me santiguo, tomo mi Biblia, y reviso que todo esté en orden antes de abandonar la habitación.

Antes de salir a la calle paso por la cocina, donde me espera una tortilla francesa y un par de piezas de fruta. No me siento débil por el ayuno, pero no conviene enfrentar al Mal con el estómago vacío. Como y doy gracias a Dios. Ya estoy listo para volver al cuarto de calderas.

Al activar la palanca que abre la puerta secreta de la sala noto un escalofrío recorriéndome la espalda. Antes siquiera de dudar, en alguna parte de mi cabeza una voz recita Deuteronomio 31:6, “Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará”. Respiro hondo y cruzo el umbral.

Como la otra vez, en un principio no veo nada. No huelo nada, ni siento nada. Es como si hubiese dado un paso hacia el más absoluto vacío. A mi espalda, la puerta que da a la sala de calderas queda entreabierta arrojando apenas unas briznas de luz que rápidamente son engullidas por la oscuridad que rodea todo.

La negrura es tal que no siento que no haya luz, sino que hay algo aquí dentro que directamente absorbe la luz. No me sorprende demasiado: ya he visto en otras ocasiones cómo las fuerzas satánicas anulan todo brillo en el lugar en el que se asientan.

No sé si es porque me estoy acostumbrando a la negrura o porque el demonio que sé que me esta esperando quiere mostrarme el camino, pero de alguna forma empiezo a percibir formas a mi alrededor. No son los espejos de la última vez, eso ha cambiado. Son simplemente formas sin nombre, ni personas ni cosas, que están conmigo en esta habitación perdida entre el cielo y el infierno. Allí, a lo lejos, parece que un rayo anaranjado me llama.

Repitiéndome una y otra vez el versículo del Deuteronomio avanzo hasta el lugar del que viene la luz. El cuarto de calderas queda lejos de mi alcance, esta vez no podré dar la vuelta.

Lo que veo al otro lado de la grieta luminosa me pone los pelos de punta. Estoy en la habitación de una casa. En el recibidor de entrada, de hecho. A la derecha hay una pequeña cómoda con un tapete de ganchillo encima y la foto de una anciana en cada esquina. No me hace falta volver la cabeza para saber que en la pared de enfrente cuelga un cuadro de la puerta del Infierno de Rodin. Tampoco necesito acercarme a la tercera baldosa de la izquierda para comprobar que cuando la pisas baila.

Conozco esta casa perfectamente, pues pasé muchos ratos en mi niñez aquí. Estoy en la casa de mi abuela, y sé que en algún lugar ella me estará esperando.

 

Foto de portada: La puerta del Infierto de Auguste Rodin.

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